Su respuesta fue otra pregunta, que lanzo con agudeza zen: "¿Desde cuándo sentís que te pasa eso cuando cantás?". Un hermoso desmoronamiento sobrevino. La escena se disolvió. O más bien se desplazó, hacia una especie de estallido luminoso, invisible a los ojos, pero perceptible desde el pecho, inundado de una zozobra cálida.
sensaciones y pensamientos
Escrituras
20.2.25
PLEXO SOLAR
22.1.25
Impregnación y misterio
Fue un encuentro casual. Así se describiría en tiempos donde no se pensaba, tal vez, en sincronías o destinos. ¿Será que hubo un momento donde la duda no aparecía junto a la sorpresa grata de la presencia repentina?
Ahora no hay preguntas sobre eso, desperté hace algunas horas, justo momentos después del encuentro, pero no me levanté para registrar con minucia el evento, con la voluntad potente de guardar para siempre las sensaciones y los sentidos. Seguí acostado, con el eco integral de la vivencia presente en la nueva inmersión en el espacio de los sueños. Con el deseo y la procura de seguir percibiendo con disfrute no sólo su presencia, sino un calor suave en el pecho, consecuencia feliz del propio encuentro, pero más en un plano físico, corporal, que mental, o es probable que convivieran ambos planos.
Creo que quen apareció primero fue mi papá. pero las palabras regresan ahora de la boca de mi mamá, aunque ambos me sonrieron con una belleza de alegría contagiosa. Y sutil, eran sonrisas precisas, el gesto en su punto justísimo de emisión de un mensaje total, de dicha noble.
Parecía ser una caminata por las calles de una ciudad pequeña, en un día de luz solar generosa y amable. Esa fue la situación donde aconteció todo. Una aparición repentina de mi mamá y mi papá, sonriéndome, con el aspecto físico de sus últimos tiempos. Al verles, hubo un lapso breve de extrañamiento, como si una parte de mi percepción estuviese como en cortocircuito, tratando de comprender cómo podía ser posible la escena misma, pero sobrevino rápido un acomodamiento del sistema, que dejó de emitir preguntas analíticas sobre la naturaleza del suceso. Y todo fue apertura inmediata al regalo mismo de esa experiencia.
Mi mamá, con estado de sonrisa en todo el cuerpo, mencionaba algo en relación a San Pedro, la localidad de la provincia de Buenos Aires. Y había también, algo de sorpresa en su expresión, seguramente para empatizar con mi estado de zozobra repentina al verles. Eso puede ser interpretación de esta rememoración, cuando pongo como certeza que ella, en el plano en el que habita su ser, debería vivir en certeza de todo lo que aconteció, acontece y acontecerá. Pero, ¿por qué no podría sentirse sorprendida de haber accedido a un contacto conmigo a través del espacio del sueño?
Compartíamos entonces, más la alegría del encuentro sorpresivo, que cualquier forma de duda de cómo estaba aconteciendo eso. Aunque sí aparecía una expresión de no saber que yo estaba viviendo en ese lugar. Y se mencionaba al padre Farinello, un sacerdote católico de cierta fama en una época, cuyo recuerdo en este instante tiene como centro a su sonrisa suave y afectiva.
No les pregunté qué estaban haciendo allí. Ni hablé de por qué estaba yo en ese lugar. La lógica posible no era una necesidad en ese momento, que se fue desvaneciendo, como se va un aroma que nos sorprendió con goce. Y nos dejó un recuerdo que es impregnación repentina. Y misterio dulce.
17.8.24
LIBROS, DESEOS, ENCUENTROS
Hace unos años, entre fines de 2007 y principios de 2008, en un viaje breve por el sur de Brasil, esa región tan particular de las sierras gaúchas, donde por momentos sentimos que estamos en algún sitio de Europa, vi el libro de (por entonces) recientísima edición "Vale tudo", la biografía del gran Tim Maia escrita por Nelson Motta. Pero señoras y señores, debo confesar que lo no compré en ese momento, aunque tenía muchas ganas, por esos cálculos que uno suele hacer al inicio de un viaje, de guardar ciertas compras para el final, por si ese dinero fuese preciso para fines más urgentes.
Así, el deseo fue postergado. Y sí, créanme, en el último día en que estaría en Brasil, ni uno más ni uno menos, debiendo tomar al mediodía un micro en Porto Alegre, me levanté temprano y salí a caminar hacia donde creí que podría encontrarlo, un shopping grande de la ciudad. A las pocas cuadras de mi travesía entusiasta para encontrar el libro sobre Tim Maia, encontré una mujer toda vestida de blanco, con la remera con el logo de Universo en desencanto, la agrupación que a mediados de los 70 le sirviera al músico como remanso espiritual momentáneo a cierta vida de euforias constantes. Y que le diera la etapa mítica de su carrera, donde grabó discos de un sonido limpio, poderoso, tal vez hasta luminoso.
Tomé el encuentro como un buen signo. Pero al llegar al shopping, un cartel me indicaba que, en ese domingo, la apertura del lugar sería a horas inaccesibles para el tiempo que mi dejarlo para último momento me había permitido. Sin desanimarme, como ritual de transformación anímica, caminé hacia un lugar que siempre me había hecho bien, el viejo Gasómetro, un centro cultural construido a la vera del río en un espacio reciclado. En la puerta encontré un vendedor de libros. Tuve una charla de esas que son música humana, de pura calidez. Compré una biografía de Heitor Villa Lobos, tal vez el más europeo de los músicos academicos brasileros y fui obsequiado con una novela clásica brasilera de Machado de Assis.
Ya estaba todo bien, en mi espíritu, cuando volvía para preparar mi partida. Y fue ahí cuando encontré abierta una librería de usados, lo que en Brasil llaman "sebo". En la mesa de libros de música, había un ejemplar, el último, de "Vale tudo". Me sentí feliz, de inmediato. Y al comprarlo, además de cuestionar la necesidad de ese vértigo de dejar las cosas para el final, también pensé en algo: nunca hay que clausurar los alcances de un símbolo que sentimos con gran claridad que nos estaba regalando buenos augurios
6 de octubre 2013
22.6.24
Relato onírico
21.6.24
Grandes encuentros
![]() |
foto: Jazmín Arach |
La sensación fue muy fuerte, de esas que impactan en varios lugares del cuerpo, generando un vacío momentáneo de sentidos conocidos, hasta que la mente reacomoda la percepción. Fue una tarde de 1998, en Buenos Aires, en el Centro Cultural Recoleta. Estaba bajando las escaleras, espiraladas, desde el primer piso, donde estaba haciendo un taller de teatro. Mi mente estaba calma, en estado de vuelo en velocidad crucero, cuando de repente siento un clima de revuelo, de pies firmes en caminata apresurada y cierta leve tensión en el aire. En centésimas de segundo la vi, caminando rápido, con muchas personas detrás y delante. Tal vez no eran tantas, pero el recuerdo me dicta una multitud de seres acompañando esta presencia.
Para quien había vivido con potencia de transformación interna toda la historia de los Beatles, tener de repente, sin preámbulos, a Yoko Ono delante, a poquísima distancia, fue un shock. La mente sentía que estaba frente a un ser que habitaba leyendas tremendas del mundo del arte sonoro y conceptual. Pero no había nada de racionalidad en la percepción, más bien era como haberse encontrado con una especie de maga de libros de cuentos que fueron impactantes en la infancia. En mi casi, ni siquiera haber visto a Mc cartney en vivo en 1993 había causado esa sensación. Ese recital había sido puro goce. Esto era otra cosa, era percibir una potencia andante, una presencia intensa, que sólo cuando el cerebro dio señales de traducir la percepción se tradujo en ideas. Y, claro, ahí se aparecieron decenas de libros, revistas, películas, canciones donde la figura de Yoko había tenido enorme significancia.
En general demonizada como una energía desmembradora de la unidad beatle, algo que debe releerse mucho para no caer en simplificaciones absurdas, en mi historia hubo instantes de juego con su arte. En un viejo programa ultra experimental de radio, llamado "El pato encadenado", que hacíamos con mi viejo amigo Javier Albornoz, solíamos pasar como cortinas o directamente como temas musicales dos canciones de Yoko, que habían sido lado B de simples de Lennon. Eran "Open your box" y "Why". Y nos encantaba por entonces revalorizar el poder protopunky con groove acidúlico que había en esas grabaciones. Ya como periodista, estuve en la conferencia de prensa que dio Yoko y en la inauguración de una muestra que hizo de su arte simbólico. El impacto inicial ya había sido transformado. Y mi cuerpo estaba agradecido por el viaje de sensaciones y sentimientos.
Diego O. Ramos
2015
11.4.24
Palomas, perros y agua
![]() |
Decidí despertar. Era levantarme, tal vez la palabra justa, la que describiría mi deseo de estar lúcido, pero a la vez aún dentro de esa atmófera del sueño que viví recién. Hay una luz, una neblina que era otra cosa, una especie de espesura, delgada y consistente, habitando todo ese espacio, que conocía, que descubro ahora que lo escribo, que reconstruyo, evoco y sueño.
Estaba entrando en un lugar que fue mío, escribo ahora, cuando una parte del sitio de donde salen las palabras me dictaba la frase "casa de mi infancia", o "casa de mi mamá y mi papá", o solamente "la casa". Era el fondo de ese hogar de mucho tiempo. Y entraba como deslizándome, pero al mismo tiempo con los pies firmes, en la tierra.
Veía un árbol, puede ser el ginkgo biloba que plantó alguna vez, con mi hermano, mi papá. Y que yo fotografié con placer estético y voluntad inmersa de diálogo con él, en un tiempo no tan lejano, poco después de que él y ella murieran, con pocos meses de distancia.
En el árbol, delante, había una silla, vacía. Pero sólo para la primera vision. Porque junto con una sensacion de suave regocijo pude ver muchas palomas, que rodeaban ese espacio donde podía estar sentada mi mamá. No es que la viera, ni siquiera percibo la claridad de sentirla. Es más bien una certeza que intento desplegar ahora, la sensación de estar viviendo un despetar dentro del mismo sueño, una especie de revelación suave, que me hizo querer fotografiar una escena cargada de belleza, que era mucho más que todo lo que trato de decir con esa palabra.
Las palomas hacían una especie de círculo en la silla, como habitando a drede, en su danza, el lugar donde podría caber un cuerpo, pero no cualquier cuerpo. Sabía (sé) que era mi mamá, era su presencia. Entonces no podía decírmelo con esta forma de seguridad con que ahora lo digo. Era algo perceptible, pero que no precisaba de que lo materializara en la conciencia de esta manera.
Cuando quise fotografiar esa danza voladora (que reconstruyo o invento ahora como un dibujo grupal de un 8 en el vacío lleno de una luminosidad espesa y calma) una paloma se me vino encima. Y me hizo trastabillar, sin que su gesto haya sido violento. Me tocó, me hizo caer. Pero mi cuerpo no se movió. Fue como si algo me hubiese atravesado, pero quedándose en el espacio de mi cuerpo, alojándose en el interior mismo de mi corporalidad, habitándome con fortaleza y decisión. Y constituyendo, una especie de aviso sin palabras, que expresaba una forma de total certeza, conceptual y etérea, de que eso no tenía que ser así, no iba a poder fotografiar nada. Pero no se trataba de ninguna reprimenda aleccionadora, no era un decir que estaba haciendo algo mal. Era un baño de solidez, una inundación de sentido natural, de verdad sólida y posible de extenderse a través de mi cuerpo.
Lo que vino, lo que fue, lo que traigo ahora como imagen y vivencia, fue estar sentado, en una silla, en el espacio vacío de una pileta sin agua. Era la piscina de esa casa, la que se construyó cerca de mis once años. Puedo recordar hasta hoy, también como un sueño, una especie de goce cálido el tiempo en que todo era ladrillos, cemento, lajas y un pozo enorme. Esa construcción había implicado un cambio en la vida de la familia, mi papá había conseguido un trabajo de mayor remuneración económica. Y esa pileta implicaba que las cosas empezaban a estar mejor.
Desde la silla, en el espacio vacío de la pileta, podía ver las palomas, que iban y venían, pero algo pasaba también, que me hace pensar en agua y en la aparición de la palabra inundación hace unos minutos, en este mismo relato. Algún evento ligado al agua, a la sensación de agua moviéndose por detrás de mí, pasando por debajo de mis pies, pero sin verla, solo sintiendola y tal vez escuchando ese movimiento. Pienso ahora en el acto mismo de llenar esa pileta, que fue seguramente un evento en sí mismo, uno de esas situaciones que implican una observación y un deseo. Porque cuando era niño, dar inicio al llenado de agua era un acontecimiento. Tal vez la dejábamos llenarse toda una noche, pero ese recuerdo no llega con mucha presencia, sólo se aparece un anhelo de que aconteciera por fin el estado de completud, para vivir el arrojo feliz a sus fauces acuáticas.
Lo que vino después es borroso. No había agua, pero me sentía más cerca de la superficie, como si pudiese ver el pasto desde su misma altura, no desde el fondo de la pileta, pero tampoco es que me percibiese flotando. Y aparecían muchos perros, de todos lados, con regalo de calidez, con un cariño sonoro que no traía estridencia alguna que le diese aspectos no disfrutables a la experiencia.
Y me encontré, de repente, hablando con los vecinos de siempre, en un tiempo que percibía como muy presente, era un ahora cercano a este lugar de la escritura misma de este sueño. Eran Alicia y Carlos, cerca de mi silla, más próxima ella. El estaba como rodeando la escena, pero también dentro. Algo hablabamos, o se daba alguna especie de gestualidad y palabras, construyendo en conjunto un reporte inmediato de lo que me había pasado y de lo que seguía pasando. En ese relato, inmaterial pero plagado de transmisiones inmediatas, estaban presentes las imágenes o sensaciones que ahora emito a través de las palabras "Palomas, perros y agua".
No es que hablara de su presencia, ni que evocara a mi mamá en ese relato, pero mucho de todo eso que estaba vivo en esa flotación con los pies en el suelo se podía expresar en esa mímica danzada que nos hacía estar dentro de una sensación feliz de entendimiento.
Las palabras llegaron cuando mire a Alicia a los ojos. y le pregunté si aún guardaba un sol de noche que había estado mucho tiempo en nuestra casa y que yo les había regalado en la etapa en que, con mi hermano, estábamos vaciándola de objetos. Debo de haber buscado una razón lógica que revistiese de necesidad práctica ese pedido, pero no sé si llegué a expresarla. Solo creo saber que llegué a hacer la pregunta, pero no se aparece tan clara la respuesta. Ya empezaba a desvanecerse el sueño y con el despertar llegó, paulatina, pero urgente, la voluntad de escribir lo que había pasado, en este sueño del que ahora dejo una huella, en este relato con palomas, agua y muchos perros.
13.3.24
Paraíso conejo
El plan era alimentar un conejo. Así lo había expresado explícitamente mi hijo. El mismo eligió la zanahoria precisa, grande. Nada de esa pequeñez que yo había elegido inicialmente. Fue lógica la forma en la que elegí la que encajaba perfectamente en una presunción, alimentada por indicios de vivencias previas. Sentí que alcanzaba con llevar esa zanahoria, mediana para mi percepción, pero minúscula para una mirada de entusiasmo total. Unas semanas antes, habíamos ido a una granja cercana, donde no tuvimos la suerte de ver un conejo. A esa casa llena de gansos, patos, faisanes, gallinas, gallos, perros y, por lo menos, un conejo, solemos ir en épica de paseos inmemoriales, desde que Valentino tenía un año.
La última vez que pasamos, semanas atrás, que a sus cuatro años puede ser siglos y que a mi medio siglo puede parecer un episodio acontecido hace un rato. La memoria nos decía a los dos cosas diferentes, o puede ser que las conclusiones lo fueran. Mi sensación era que podía llegar a pasar lo mismo. Como solamente tenían un conejo, que solía estar en un sitio apartado de la casa, era fácil que tampoco ahora tuviésemos chance de que nos lo trajeran para verlo. Pero mi hijo mantenía un entusiasmo tal, que quiso que lleváramos la zanahora más grande, con la certeza de que podríamos alimentarlo. Le hice caso, pelé un poco superficialmente su cáscara y guardé el cuchillo en la mochila.
Al llegar a la granja, en medio de ladridos insistentes del comando perruno del lugar, llegué a divisar un hombre en una parte lejana del espacio. Entre niveles altos de la voz y señas corporales precisas, la comunicación con el hombre dio como resultado la confirmación de que no había posibilidad de traer el conejo. Hasta me pareció comprender que ya no había conejo alguno en la casa.
Antes de llegar a este momento de dura revelación, habíamos pasado por un terreno alambrado, donde una yegua y su potrillo habían establecido bella charla con nosotros, que por un instante me hizo dudar en guardar la zanahoria para la indudable aparición del conejo. Mis palabras fueron claras, Si no aparece, podemos volver a darles la zanahorlia a la mamá y su cría. La negativa de mi hijo fue tajante, drástica y segura, regalándome un NO que me trajo entonces al centro mismo del presente y al objetivo real de la misión que habíamos emprendido. La zanahora era para alimentar un conejo.
Al salir de la granja, la promesa cercana del mar, diluyó cualquier atisbo de frustración. También habíamos planeado juntar agua en unas botellas. El cumplimiento del objetivo se convirtió en un presente de más de una hora. En muchos momentos las nubes de lluvia cercana se corrieron, para que los rayos de sol le diesen un carácter muy atemporal a todo, luego de todo un día donde la nubladez fue signo climático que parecía querer ser total para toda la jornada. Aunque nunca nada parece final y definitivo cerca del mar, donde vivimos. Jugamos, de pantalones cortos y piernas en el agua del mar, juntada también en instantes de honor por cumplir la misión. Y de disfrute porque sí, porque estaba buenísimo estar ahí, con el sol dando esa alegría específica, tan solar, tan ella misma.
El goce de la aventura de andar entre piedras marítimas, algas y arena, dio energía extra a las piernas, que avanzaron un buen tramo, hasta una zona de acantilados, rocas enormes para prevenir derrumbes, gente pescando sin pensar en la erosión costera y un perro feliz, que compartía certero su agilidad. Pasaron varias vidas en esas andanzas, hasta que volvimos, tierra arriba, para comenzar con suavidad el regreso a casa. Fue momento entonces, del clásico UPA, luego de compartir un pan, que fue objeto de nutrición y punto de pasaje. Sin hambre, o con menos, el sueño se volvió potente, en el balanceo de la caminata. Y el cuerpo más pequeño, cobró ese peso extra que trae el soltarse al dormir en calma, con entrega absoluta. Hice unas cuadras así, recomponiendo el sistema a los cambios del peso. Y fue allí, cuando lo vi.
Estaba a pocos metros, con sus orejas larguísimas y su actitud, de tranquilidad astuta. Llamé a Valentino, con suavidad intensa. Y le dije que mirara lo que teníamos delante: un hermoso conejo, negro y marrón, sentado en una vereda. Algo se acomodó en ese momento, en la mente, en el cuerpo, en el alma, como si un mensaje, sin palabras ni alegorías fijas, acariciase un punto interno donde la vida se siente como orden y sentido, certeza y silencio. Bajé a mi hijo, que habló entonces de su poder de sigilo. Llegó en varios pasos a esa palabra, fue probando leves variantes, hasta alcanzar con gracia su meta.Y con el sentido de esa palabra en su cuerpo, fue acercándose al conejo, que apenas se movió unos centímetros ante su presencia. Busqué entonces la zanahoria. Y corté unos pedazos pequeños. Se los dí a mi hijo, que los puso cerca al conejo. Arrojé también, con suavidad, algunos pedazos, pero el conejo apenas parecía interesado en ese alimento que los dibujos animados de mi infancia siempre indicaron como el más apreciado por estos animales.
Fuimos buscando estrategias. Y dejamos de buscarlas. El conejo estaba más interesado por el pasto. Me quedé sentado y disfruté de los movimientos que mi hijo hacía para lograr la cercanía imperturbable del conejo. En ese tiempo, que nada parecía a lo que creemos saber sobre su naturaleza, algo pasó. Algo me pasó: una especie de congelamiento cálido, donde me sentía observación y vivencia, vacío y temple.Valentino ya habia cruzado la calle, siguiendo al animal en leve huída. Estaba provisto de los pedazos de zanahoria que había dejado el conejo en la vereda, por timidez o instinto. Con disfrute de observación y total presncia, me quedé sentado, embriagado de una sensación de inmaterialidad que volvía todo más suave, más intenso, más colorido.
Al rato, el conejo se alejó, hacia el fondo de una casa. Y fue signo de nueva bisagra en nuestro paseo. Caminamos con rumbo, casi definido, tendiente al regreso, pero también entregados a un andar sin cálculos. Anduvimos por calles precisas y entramos a un camino inesperado de monte. En las subidas y bajadas de ese andar, movimos unas ramas y nos dimos cuenta que estábamos bajando hacia la calle de la graja, cuya guardia perruna nos escoltó, apenas nos vio, hacia la salida de su territorio.Una cuadra después, volvimos al terreno cercado, que a Valentino le parecía una gran jaula, donde la madre y su hijo potrillo reverenciaron de inmediato nuestra presencia. Saqué entonces lo que quedaba de la zanahoria y la partí en varios pedazos, que les ofrecimos, contentos, colmados de una forma de satisfacción que parecía, también, tan suave, tan intensa, tan llena de colores vivos.
4.9.16
Hermosas cotidianidades
22.7.16
INTUICIONES
Diego O. Ramos
20.7.16
Manifiesto urgente
17.6.16
integración
El inconsciente se abraza con el espíritu, en danza de apertura a lo que está. Más allá de todo saber. Y en medio de todo sentir.