sensaciones y pensamientos


Escrituras



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11.1.15

Expresiones húmedas


Amor de andantes

Emociones que trazan caminos de vida entusiasta, se aparecen en una mañana levemente melancólica, para desandar las distancias y acercar los vínculos más amados a un espacio atemporal. Y sanador.


Diego Oscar Ramos(texto e imagen)




Te hablo a través de velos que se deshacen en el aire, se vuelven fuego, lenguas de viento caliente sobre tu cuerpo.



Te miro desde adentro de tu vagina, caminando entre terremotos de cualquier melancolía, por sobre las paredes húmedas de mi felicidad sin símbolos.



Te siento cercana a mis pupilas, encendidas con manos renovadas, pacientes de tus silencios, embriagadas de historias que tejemos, pedaleando tormentas de arena, contentísimos.



Te huelo las sensaciones de pacificación intuitiva, la sabiduría de ojos que miran desde un paraíso de tiempo vivido, la calma de un alma que me regala bailes acuáticos, memorables.



Te traigo al presente de lo que se reconstruye, constantemente, con barro de miel en los dedos, y la alegría sutil del andante, que reconoce a otro por sus piernas vociferantes. Y el respeto natural por los destinos propios, susurrados en noches de andanzas compartidas.



Te celebro, compañera de placeres vitales, llantos de preguntas sobre el tiempo, abrazos emotivos sobre árboles llenos de frutas, risotadas refrescantes en la casas de dragones tiernos,



Te agradezco, aventurera movediza, dibujante de seres amados, cocinera de verdades sensibles, por todo lo que descubro, cuando te escribo, y me acaricio con esa parte de tu ser que se queda siempre conmigo, despertándome.




3.9.14

Hipnotismos serenos




Abrazo de agua cerca
   

Un remanso de sensaciones, un hermanarse con la sensibilidad manifiesta del paisaje que nos abraza, con ímpetu calmo. Y un amor sin tiempo. 



Texto: Diego Oscar Ramos - Imagen: Emilio Costas



    Un árbol, un tiempo verde expandido en las manos, una tormenta de quietud en un abrazo, calentito y eterno. 

      Un cielo en los pies, una caminata serena, recuerdos que se arremolinan sin viento por sobre la mente, convertida en agua.

      Una tierra, un espacio rojo, que nos vuelve amigos de la vida, con todas sus pasiones, sus voces, sus sentidos.

      Una lejanía, un vacío de palabras, que es paisaje, amable y presente.

     Una memoria de lo que viene, una risa de gigante noble, un llamado del mar, con amor de padre, agitando emociones y certezas.

      Un cuerpo, un silencio de verdad sólida, una brisa salada que habla de lo que está siempre, como tesoro de contemplación que acaricia.

      Una piel, una delicia de brazos unidos, una paz de movimientos intensos, un baile de gotas curiosas,  una señal del sol sobre los ojos.

      Una consciencia, un baño de luz, una serenidad de átomos contentos, un orgasmo del alma, mojadísima y hermosa.   





4.6.14

Madrugada de voces


De este lado del tiempo

Sensaciones de agua abrazan un alma inquieta, que busca andar con pasos firmes y el corazón atento. 


Diego Oscar Ramos


Presencia real, en el centro del pecho, ahora que las rosas de tu jardín me hablan en un lenguaje de ojos húmedos y almas abrazadas a lo que es poderoso, porque solamente es, porque ya nació, porque está de este lado del tiempo.

Presencia real, en el agua de mis pensamientos, que van muchas veces en paralelo a lo que el cuerpo quiere como regocijo cotidiano, por lo que le manda cartas certificadas para llamar la atención de la mente y pedirle descanso.

Presencia real, en la certeza de las tormentas, que se abren espacio entre los dedos de los pies, para mojar de transparencia los pasos que daremos desde este mismo segundo en que las palabras acompañan el ímpetu del corazón atento.

Presencia real, en el espíritu empapado, que sueña con una integración gozosa de tierras, mares, desiertos y montañas, en un mapa vivo, de ser humano que baile los misterios con esperanza de calor solar, aún en la noche más oscura.

Presencia real, de la potencia de transformación, en las manos que acarician, en las ideas que se alinean al afecto, en las caminatas en silencio, escuchando la música del orden con que las cosas saben ser caos, para bendecirnos de armonía eterna.


17.2.14

Percepciones


Pacto de alegría 




Es preciso un cambio de transistores al mecanismo histórico de los pensamientos grises sobre el mundo. El tiempo es ahora, dicen los mares. Y los escuchamos.







Diego Oscar Ramos
(texto e imagen)







Es el día en que todos los mares se sublevarán para salpicar cada pensamiento triste. Y sucederá, lo sé, lo presiento, lo escucho en las nubes que miran con risa leve, que ni precisa llegar a carcajada para ser signo de felicidad.

Es el silencio previo a la marcha grata sobre los cabellos o las calvicies que operen como escudo ante las aguas calientes sobre las ideas frías. Y será una humedad vociferante, astuta, estratégica, la que se meterá en los cerebros, para inundarlos de ocupaciones que desesperen de sentido a toda angustia que crea que su guarida mental las mantendría bien secas y sólidas.

Es la conversación de moléculas acuáticas. Las siento pasándose instrucciones, de un lado al otro del mundo, trasladando mensajes que unificaron de entusiasmo conjunto el color de todos los océanos y ríos. 

Es la inquietud, misteriosa, que ya se percibe en millones de cabezas, que primero tienden a taparse frente a algo que sospechan que está por caerles, pero después, vaya a saber por qué súbita entrega a una intuición de transformación deseada, caen al suelo gorros, sombreros, pelucas y paraguas, en una coreografía inesperada. Y bellísima.

Es la manera en que las aguas del mundo dieron un salto integrado, grupal, instantáneo, para depositarse sobre cada cabeza humana. Y lo estoy viviendo, algo está pasando, adentro, la mojadura pasa rápido por los poros y no resbala hacia el suelo, que se sequísimo y calmo, como la electricidad que enlaza las neuronas que ahora bailan, se abrazan y cambian de lugar, paseando por lugares cerebrales que no habían conocido antes, tan quietas en las funciones programadas. Y estáticas.

Es el día, en que mis palabras quieren movimiento, caricias, pasión, con urgencia de corporalidad viva, con placer de integrarse a una cabeza que estalla de mapas nuevos, mutantes, expectantes de mojaduras existenciales continuas, que impidan rigideces y congelamientos. Todo se agita en el aire, me digo, con la sensación de cráneo abierto al viento, mientras las nubes lanzan, sí, una risotada llena de truenos. Y llueve como nunca. Para sellar el pacto conjunto. Y más limpios, empezar todo de nuevo.

22.10.13

Despertares

En nuestros brazos



Una música selvática inspira recuerdos que parecen venir de un lugar con espesura mágica y sensaciones de realidad expandida.


Diego Oscar Ramos
(texto e imagen)



       Me despierto en tus brazos, sin recordar cómo es que estuve en medio de ramas, peces y pájaros, antes de amar las caricias de mujer selvática que me regalás para que mire el mundo que se levanta a mi alrededor, festejar que sigo aquí, que puedo levantarme y que elijo estar abrazado a tu cuerpo.

       Cuándo fue que mis ojos se cerraron para bailar con gacelas brillantes no lo recuerdo ahora, que sólo llegan palabras de bronce, para imantar con flores esa mirada tuya, que me dicta sonidos que aprendí a reconocer como propios, justo cuando corrí sin pensamiento. Y escuché un rugido que me habla, desde mucho antes de que pudiera atender sus pedidos de fe, calma e instinto. 

       Todo esto lo hablo ahora, con el blanco de tus ojos, perdidos en el goce de un orgasmo que nos sostiene y nos pone nombres nuevos, para que saltemos por sobre muros que nada tiene para contarnos, ahora que los músculos fuertes nos llevan por camas voladoras. Y las alas del tiempo derriten miedos para que andemos libres, sueltos, poderosos, amantes. Esto que digo, que me es dicho, que siento tatuando memorias futuras en la carne, se vuelve imagen, que destrona reyes antiguos, dueños de un oro que encandilaba las ganas de salir a buscar dioses nuevos, en las palmas de los pies. 

         Somos caminata, lo percibo, en el ruido deseado, de agua que llama al viento, que se levanta por cielos secos, moja las sensaciones de quietud y hace crecer piernas andantes, que no preguntan dónde quedan los puentes. Porque el calor de un huracán cuidadoso trajo brazos que construyen sentidos sólidos y vientres que saben el código de los tambores, cuando piden verdades que crucen con certeza la espesura de esta floresta. La que dibujamos cuando nos amamos con ímpetu vegetal, gestando universos cercanos, con belleza de luz que se transforma en alimento y sabiduría de quietud elegida. 

       Podemos parecer estáticos en esta mirada enlazada, en este abrazo renovado por un despertar repentino, de suavidad inquieta, luego de atravesar espacios dentro de espacios, hablando con pumas violáceos, de ideas que aparecían de sólo moverme. Y me lo contaron todo, lo que los dos queríamos conocer, sobre el día en que las fieras dejaron de comer otros animales, para deslizarse por túneles de silencio que saciaban todo hambre. 

        Ahora que todo te lo cuento en este abrazo humano, puedo cuidarte para que busques secretos del agua, en cascadas eternas que encontrarás, al otro lado de tus ojos, mientras te canto himnos de protección. Y veo cómo llega tu sueño, despacio, hipnótico, entre mis brazos.


8.10.13

Llamados


Canto del gallo 


Está cantando desde hace siglos. Y es  hora de escucharlo.








Diego Oscar Ramos
(texto e imagen)


Sí que te entiendo, claro, si cada vez que te miraste en el espejo estaba ahí, haciendo muecas de serio para que te dieras cuenta que el payaso tiene una nariz de plástico, que estaba desde siempre en tu bolsillo.

Por supuesto que sé todo lo que estás sintiendo, mientras la música de las palabras que guardaste en cada herida del tiempo se pasea, como modelo raquítica que deja de comer para moverse con la gracia de un fantasma que se fascina con dejar de estar cada instante un poco más.

Claro que puedo mirarte desde la terraza de las inquietudes metidas en bolsas de arpillera, porque tus historias están en las uniones de cada uno de los hilos que anudan mis pensamientos, a esta hora en que pareciera que nada puede decirse, o que todo está por desarmarse para siempre.

Tal vez sea la hora, para dejar de lado cada centímetro de tela con la que te estuviste cubriendo hasta ahora los kilómetros de ansiedades que imitaste para quedar bien con alguien que no estaba en el momento en que querías ser la carne de la carne, de ese cuerpo de donde saliste.

Quizás las mareas dejen de mover las rocas del fondo de las miserias pasadas de generación en generación, para abrir un canal, calmo, cálido, donde nadan hacia sí mismos los que ya tragaron mucha agua salada por las lágrimas que nunca les pertenecieron, pero adoptaron con incómoda gracia como propias, por creer que así tendrían un amor constante de ese cuerpo que fue origen, pero que debe ser despedida, por suerte de todas las suertes, que son, más bien, naturaleza sana.

Hay, con certeza sonriente, un paraíso donde las cosas no salen todas corriendo para abrazarnos, como caídas de los árboles con frutos irreflexivos, sino que cada célula de placer aparece como respuesta a una actitud cotidiana de querer, de pedir, de escuchar, de realizar, de concretar, de buscar, de saber, de encontrar, de poner calor humano en el juego de las realizaciones intercambiables.

Mejores vuelos se ofrecen, ahora que los pájaros regalan un canto que resuena en las tripas como un mantra vociferante, que se lleva como en un remolino impetuoso, todas las historias de nubes violentas y aquellas canciones de acunar traumas con que dormiste tantas noches de luna lejos.

Mirate ahora, que creciste a saltos de hormiga, caminata de halcón curioso por sabores de la tierra y vuelo agitado de humano que canta con voz de ala rugiente. 

Sentí como las puertas se abrieron para convertirse en ramas verdes de un templo vegetal, que tiene todo lo que necesitás para vivir un orden preciso, antes de la partida al medio de la selva, donde ser quien sos hará que la clorofila sepa de qué conversar cuando te presentes, humilde, para servirle con devoción, desde un cumplimiento feliz de un destino que se construye y se elige. 

Estás vivo. Y todo está por hacerse.



2.10.13

Percepción nocturna



El vientre de la belleza

En un ahora mítico, un ser humano descubre pretéritos mensajes, que ya le venían anunciando la llegada de una luna nueva, fuente de caudalosa limpieza.



Diego Oscar Ramos
(texto e imagen)




Estabas ahí, eras madre, eras hija, eras amante que me hablaba con palabras de escritura erótica, que acaricia antes de llegar a un éxtasis que es de color amarillo. Y es una mano que va directo al pliegue de los momentos dulces, donde las ideas se desvanecen, o se acurrucan para ser amadas en la parte más carnal de su espesura.

Estabas ahí, lo siento ahora, que vi los horizontes de tus símbolos, donde el sol se viste de reinado que zigzaguea, en un mareo alcoholizado por sobre el mar, en una retirada épica de hombres lobo cuando la luna se aleja. Y la niebla camina por los campanarios que anuncian la llegada de seriedades diurnas.

Estabas ahí, lanzando palomas al cielo con algunos de mis nombres, para que dejaran mantras entre las plantas con las que hablo, cuando sé que las palabras tienen la clave para comunicar los sentidos del silencio.

Estabas ahí, sincronizando estelas de una barca que alguna vez nos cruzaría hacia espacios donde la noche se ilumina con autos veloces, en apuro mudo para nuestras apetencias de amor con potencia humana, en esa ruta de inquietudes. Y cosquilleo en el vientre de la belleza.

Estabas ahí, cuando la niebla convertía en siluetas que iban y venían, a todas las voces que traían cartas de vértigo, para desayunarme de verdades con cara de terremoto, que ahora agradezco con sonrisa de herejía y paciencia de anciano de una tribu que acepta y honra lo desconocido.

Estabas ahí, en un rincón donde los gatos miran realidades con tibieza de lluvia, dibujando armonías en colores estridentes, para que me diera cuenta de que todos esos abrazos de pan caliente eran para mi cuerpo.

Estabas ahí, eras la niña de los árboles, la mujer de las flores, la anciana de las semillas, soplando vientos de música viva por sobre los tejados donde mi nocturnidad dejaba marcas, para que pudieran alcanzarme, cálidos.

Estabas ahí, hembra humana, lanzando una gota feroz sobre mi cabeza, para llegar como cascada eléctrica al punto preciso donde mi mente abandona su ímpetu de marquesa despótica, para bailar tranquila este vals del renunciamiento, que desacomoda cualquier orden que pueda ser mortaja polvorienta. Y deja que las tripas vociferen amores mansamente perturbadores, entre animales con ojos clavados en un horizonte que saben misterioso. Y muy deseable.


3.9.13

Sensaciones

Dulce espesor de lo real



Palabras de trueno, para desentumecer las percepciones dormidas. Y vivir en estado de caricia eléctrica. 


Diego Oscar Ramos
(texto e imagen)


Están ya del otro lado, cruzaron el puente. Lo habían buscado, lo habían planeado, alguna vez, hace tanto, tal vez. Y están ahí, ahora, subidos a la torre de las sensaciones tibias, esas que atraviesan los sentidos, todos, como una hermosa brochette que los mantiene suspendidos en un plano celestial terrenal, dados vuelta, dejando que la vida les acaricie la panza, como perros contentos, entregados con confianza. 

Están abrazados al calor de un cuerpo que ya no se distancia ni se espeja, sólo se complementa, se integra, se desintegra, se rearma, se estremece, se convierte en carne de otra carne, en belleza que se mira con las manos en estado de firmeza y levedad, amando la electricidad que los dibuja con llamaradas susurrantes y recorre sus columnas vertebrales, vociferante.

Están escuchando la música de una ciudad que los cobija con la luz de un amanecer que es madera crujiente, fuego excitante en una salamandra noble, ojos que se recuestan dentro de la frente, para besar cada neurona, con potencia de juego y amor de planta selvática.

Están pedaleando en una oscuridad llena de estrellas, que los guía con sugerencias de recorrido, con leves palabras de aliento y un regalo de certeza que calienta las tripas y da fuerza a las piernas para andar la vida, con emoción de seguridad constante y entusiasmo de sorpresa continua.

Están sintiéndose, acompañándose, desentumeciéndose, amasándose con pericia de quien construye un mundo cálido, apenas con las ganas de que todo sea nutritivo, integral y verdadero. Y el alma dispuesta a que todo lo que se haya pensado como posibilidad, sea un hecho concreto, palpable, real.

Están vivos y el agua del tiempo los bendice con códigos nuevos, que se despliegan en sus voces, cuando despiden sonidos adorables, que bailan en el cielo, unidos al alimento vital que los niños saben ver, cuando refriegan sus ojos en intuición mágica y se entregan al hipnotismo de ver danzar el universo en su pantalla de párpados cerrados frente al sol.

Están ya del otro lado, cruzaron el puente. Y caminan, corren, juegan, con la seriedad de un monje erótico, que ríe a carcajadas y se llena de silencio, que salta los muros y aleja tempestades, para llevarlas donde deban ser fruto de algo diferente, que aquí ya aconteció, como goce de un instante, solar, donde los pechos se llenan de proteínica inconsciencia, para hacer la vida. Y amarse.


   

9.6.13

Sensaciones

Calma de truenos



Investigaciones nocturnas, entre los pliegues de las certezas y las rendijas de lo que se manifiesta.






Diego Oscar Ramos
(texto e imagen)


Hay una sensación de distancia al leerte, con el brazo de las pausas bien erguido, sobre el hombro del compañero de juegos que está adelante, al frente de lo que ya fuiste, de lo que serás cuando dejes de lado los tiempos helados y los ríos de lava sobre la piel.

Hay una sensación de salud, de copa en alto sobre lo que está enfriando las fiestas, para calentar los alientos y desnudar de arañas todos los cuadernos íntimos que me regalaste para repartir entre las noches de tormenta, que serían verde sobre amarillo, naranja sobre violeta, paciencia sobre perdón, encierro sobre tibieza.

Hay una sensación de árbol creciendo en el fondo del mar, entre las ventanas oxidadas y la caja fuerte de un barco que decidió anclarse en lugares donde el sol estuviese lejos y las arenas eternas cerca, para sentir que los peces pueden ser habitantes y los olvidos un secreto necesario para el alma que todo lo recuerda.

Hay una sensación de destreza animal, de instinto racional haciendo un nido sobre las casas que sembraron pasto en las azoteas donde la ternura se extiende con deseo y las aguas pasan sin prisa, para jugar al crecimiento de todo lo que se adueña de aquello que quedó suelto, deshecho, anudado.

Hay una sensación de goteo sudoroso, de máquina de vapor, de rieles firmes sobre estepas para aventureros, de marcha certera entre mundos que se desmoronan y grietas que dejan pasar la luz fosforescente de cientos de dibujos de niños hipnotizados por el presente.

Hay una sensación a madrugada con pan recién horneado, a ronroneo de gata en celo, a humedad de belleza palpable, a encuentro cercano con la mirada que nunca se escapa del fuego.

Hay una sensación de ahora, de perros mojados secándose en el pasto, de plaza nocturna con manos de paraíso, carreras de bicicletas sin frenos y una calma de truenos, despertando esta lluvia que me habla, para decirte todo esto, que ya dejó de ser neblina, de una buena vez.

18.3.11

Rituales de agua

Abrazo de sal


Juntos, sintieron que las voces del mar los llamaban. Y aceptaron el bautismo húmedo.








Diego Oscar Ramos




En la mañana en que los anillos llegaron a su puerta, se levantó con las primeras gotas del sol. Se afeitó con todo el jabón que encontró, miró la última arruga en su alegría nueva y abrió los brazos.

Desnudó de roces viejos la camisa más amable, plantó semillas, como lo habían indicado en el local de los árboles fieles, antes de diseñar las entradas y salidas de un laberinto húmedo.

Todos los pasos coincidieron con la memoria de lo que llegó dictado, con mapas e ilustraciones, en los sueños con bruma dulce. Entonces sintió que era momento para dedicarse un minuto lúcido en su juego con espadas de agua.

Miró al cielo del mediodía tibio, mojó sus dedos en la hierba,  olió el ímpetu caluroso de los ánimos veraniegos. Y tomó la mano de la mujer de tules violetas.

Con signos de albahaca entre los dedos, dejó que el aroma a hierba fraterna dibujara un marco delicado. Y penetró suave en el idioma de los deseos femeninos.

Se conjugó al instante una protección perfumada, un conjuro de palabras de néctar y caricias de seda, bajo la sombra sabrosa de cientos de uvas frescas.

Cuando supieron que era el tiempo, alejaron nubes de tormenta con ojos de firmeza y caminaron hacia el mar, en silencio.

En los bordes del mundo, dejaron que la sal brillara en sus pies, miraron al cielo con ojos de pez y se arrodillaron juntos, entregando su orgullo a las aguas. 


8.12.09

Bordes y centros

Siempre supimos nadar

Oda por un arte que acompañe los procesos saludables de cambio.


Diego Oscar Ramos



Margen de la palabra, borde de la imagen, sector medio del río. Nadar en contra de la corriente puede ser imagen aceptada, circulante, de la actitud poética. Hoy la siento como una idea del borde, del extremo donde las fronteras en lugar de acercarse, para que las traspasemos en búsqueda de nuestra identidad o de nuestra felicidad, acaban alejándose cada vez más, en la barca de la tosudez, de la rebeldía insana del que pone su propia vida en juego para demostrar algo cuyo contenido parece estar más en la energía empleada en el gesto que en aquello de lo que se ponga en disputa.


Margen de las ideas, bordes de lo artístico, sector medio de la intención poética. Nadar para donde corre el río, no tiene por qué ser metáfora de acción instintiva o dictada por la búsqueda enérgica de la verdadera personalidad o del objeto más preciado del deseo. Estamos llenos de imágenes donde la gloria es un espejo donde se reflejan seres entregados al impulso de la caída, antes que personas que saben con certeza que desean algo que pueden cumplir, porque todo les está dado para hacerlo. Y donde el sufrimiento, se marcha en dirección contraria a los pasos que van dando, indudables, para hacer lo que sienten que deben realizar, porque les da placer, porque aparecen las herramientas para que sus acciones sean impresas con calidad en los mapas vitales, porque pueden interactuar con otros buscadores de la claridad, dándose cuenta de que lo que tienen para intercambiar, lo han guardado hasta ahí sólo para dejarlo ir en busca de su propia transformación. Las cosas tienen paz, cuando no acumulan estatismo, sino cuando saben ser arrojadas con suavidad al medio del río, donde el sentido aparece sin posibilidad de dudas, ni actitudes de empecinamiento alocado, que pueda demostrar un gran temple, pero también un desgaste inútil, como quien sueña terciopelos en un suelo de papel de lija. 


Margen de la imagen, borde de los sonidos, paisaje central de la contemplación pacífica. Lanzo miradas calmas al aire del tiempo blando, inextinguible, imposible de encerrar en cajas de madera o piedra. Miro mis manos y les agradezco las acciones amables y firmes con que construirán el camino que ya me está dado, haciendo castillos reales donde el lujo estará en el saber oír las señales del viento, desatando para siempre las ideas cerrojos de ser marionetas, para adoptar con placer, la fluidez acariciante de quien sabe nadar en los brazos protectores con que la vida nos recibió desde el principio, cuando salimos del lago inicial, para respirar, todo el aire del mundo, en las aguas, centrales, del mar que nos pertenece. Y es de todos.   



A terceira margem do rio

25.11.09

Mantras y dones

Despertares ensoñadores

Fábula tejida entre sueño y vigilia, sobre las formas en que la aceptación de los talentos dibuja colores perfumados sobre los mares de la identidad.   

Diego Oscar Ramos

      Estaba la familia entera, se juntaban todos, aunque veía una parte. Era un fragmento de conversación lo que llegaba, donde apuntaba la cámara y habían llegado las manos del guionista. El cielo está completamente amarillo, lleno de humedad, hace días que llueve, que la Tierra por donde transito este ciclo desgrana humedad, gotas de gotas, mojando los movimientos y las sensaciones. Recuerdo que era esa parte de la totalidad de la familia la que aparecía en un diálogo, adentro de un hospital, bajando la rampa de salida del sitio donde alguien ha sido atendido y por donde las voces de la urgencia han pedido que estuviese así toda la familia unida, en torno a ese que ha sabido salir airoso de alguna intervención. 

     Sin reclamos que pueda traer ahora al atardecer amarillo de la ciudad que observo desde la puerta ventana de mi balcón, sé que hablaba con adultez, que era la humedad no estaba en los ojos en ese momento, porque cada uno estaba en su lugar, cada ser era quien decía ser y nadie se colaba en la esfera íntima donde nace y renace la identidad en cada instante. 

      De la escritura, ahora brotan nubes y la humedad va descendiendo, como si todo el sudor de las cosas empezase a atenuar con cada letra que toma su sitio en este andar que fue onírico y ahora es reconstrucción lluviosa. Saliendo del lugar, la unidad ahora era soledad con el grupo asimilado, movimientos tranquilos ahora que se dijo lo que quería y debía decirse para que la salud permaneciese en la escena familiar bien más allá de los pronósticos y diagnósticos médicos que se le diesen al miembro de la familia que había sido atendido. Era sano caminar con la frente en el horizonte de lo que quiere y debe ser hecho, lo que habla en un presente abrazado a lo que fluya como acción caricia, como realización afecto, como arco iris de aromas sagrados sobre la mente calma y el cuerpo seguro. 

    Y así se sintió, en el sueño, en la vigilia, en esa porción de la realidad amplificada que aparece antes del despertar, cuando la palabra INTERGRACIADO surgía como un mantra, juntando los papeles de un sueño que había llegado a imprimir tiburones con sangre, para trazar un sendero del despertar, cuando las garras del animal acuático habían lastimado sólo a quien había querido ofender al mar, tomándose el riesgo de permanecer desafiante, chapoteando en el lugar donde habitaba la bestia de dientes afilados. Y cuando hasta pude ver el interior de la escena, el vientre mismo del tiburón gigantesco en forma de milanesas de hígado una sobre la otra, la tranquilidad de que el peligro sólo es habitado por quien pone todo de sí para ser engullido por la vida de bordes filosos, fue que la palabra llave fue apareciendo. 

    Fue nombrada por el testigo dibujante, que puso más azul turquesa en los papeles finales de la siesta, mostró zonas seguras por donde mojar el cuerpo y refrescarlo de tiempos donde el riesgo pudo ser alimento de aventuras. Antes de regalar una certeza colorida de navegación serena, por mares de la identidad, siguiendo los puntos trazados para que sólo mi totalidad, mi familia de órganos, alma y sentimientos, dibujase en el andar firme y fluido, el rostro que me fue dado, el cuerpo que me fue concedido, los dones que me han sido otorgados, para esparcir perfumes únicos por donde pase. 

      Integrado y agraciado, salí diciendo la clave mágica, me levanté de la cama y el balcón certificó con un símbolo natural la verdad mántrica que el sueño había imantado en mi decir rítmico. Integraciado, integraciado, integraciado, repetía para despertarme, cuando un arcoiris enorme, de punta a punta de la porción de la Tierra que miro desde mi ventana, repetía conmigo el rezo. Y se llevaba la lluvia.