sensaciones y pensamientos


Escrituras



Mostrando las entradas con la etiqueta Expresión. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Expresión. Mostrar todas las entradas

10.3.15

Devaneos


Todo blanco


Hace mucho, un rato apenas del cosmos, me devanaba los sesos pensando en los bordes inexistentes del universo. Y la nada se aparecía.

Diego Oscar Ramos
(texto e imagen)

        Primero era la imagen de una goma blanca, de esas de la escuela, no la que era mitad roja y mitad azul, una para borrar lápiz y otra para borrar tinta. No, era una goma toda blanca, rectangular, blanquísima, sin una gota de mugre, nada de nada. Eso: nada de nada.

         Estaba recostado sobre una pared, en la terraza de mi casa. Entonces era mi casa, no pensaba en la casa de mis padres, eso era mi casa, era el mundo. Y la imagen de la goma blanca, aparecía cuando pensaba en todo. O en la nada que aparece cuando se quiere pensar en todo. Estaba debajo del tanque de agua. Y se me venía la imagen de una enorme goma de borrar, como la que tenía en la cartuchera, pero mucho más grande, más que toda la casa, el jardín, el barrio, la ciudad, el país que podía percibir por el mapa de la escuela. Y era una goma que borraba todo, que crecía, para arriba, para abajo, para los costados, para adelante y para atrás, cuando trataba de pensar en el infinito. Porque dejaba que la mente empezara a viajar por el espacio, pasaban estrellas, planetas, galaxias, constelaciones, todo lo que podía haber visto en las enciclopedias científicas, pero nadie había explicado como podía existir algo que no tiene bordes. 

        Estaba acostado sobre una pared, debajo del tanque de agua, tratando de pensar en lo que había más allá de todos los límites del universo. Y la respiración se aceleraba, cuando las imágenes no aparecían, cuando la goma de borrar dejaba de tener dimensiones, porque la sensación de no poder entender algo que no tiene bordes generaba un estallido neuronal, un orgasmo mudo de incomprensión que ponía todo en blanco. Y la goma se convertía en hoja lisa, porque había borrado su volumen. Todo era esa superficie sin bordes, sin abajo, ni arriba, sin atrás ni adelante, sin nada de nada. Sin todo. 




11.1.15

Expresiones húmedas


Amor de andantes

Emociones que trazan caminos de vida entusiasta, se aparecen en una mañana levemente melancólica, para desandar las distancias y acercar los vínculos más amados a un espacio atemporal. Y sanador.


Diego Oscar Ramos(texto e imagen)




Te hablo a través de velos que se deshacen en el aire, se vuelven fuego, lenguas de viento caliente sobre tu cuerpo.



Te miro desde adentro de tu vagina, caminando entre terremotos de cualquier melancolía, por sobre las paredes húmedas de mi felicidad sin símbolos.



Te siento cercana a mis pupilas, encendidas con manos renovadas, pacientes de tus silencios, embriagadas de historias que tejemos, pedaleando tormentas de arena, contentísimos.



Te huelo las sensaciones de pacificación intuitiva, la sabiduría de ojos que miran desde un paraíso de tiempo vivido, la calma de un alma que me regala bailes acuáticos, memorables.



Te traigo al presente de lo que se reconstruye, constantemente, con barro de miel en los dedos, y la alegría sutil del andante, que reconoce a otro por sus piernas vociferantes. Y el respeto natural por los destinos propios, susurrados en noches de andanzas compartidas.



Te celebro, compañera de placeres vitales, llantos de preguntas sobre el tiempo, abrazos emotivos sobre árboles llenos de frutas, risotadas refrescantes en la casas de dragones tiernos,



Te agradezco, aventurera movediza, dibujante de seres amados, cocinera de verdades sensibles, por todo lo que descubro, cuando te escribo, y me acaricio con esa parte de tu ser que se queda siempre conmigo, despertándome.




14.5.14

Percepciones

Ternura solar




Aunque su toque no llegue a veces a la superficie de las cosas, su presencia puede presentirse en cálidas meditaciones.








Diego Oscar Ramos
(texto e imagen)



Meditación del día de hoy, llega como una pluma que descansa sobre techos que la asisten en su vuelo, antes de proseguir su viaje por mentes afiebradas que se alivian con su levedad.

El aire sobre las azoteas, donde las sogas cuelgan ropas que ya se han humedecido por el rocío de la noche, apaga ideas sin retorno, que podrían haber hecho naufragar a mentes que confundieron aventura con desvarío.

Las gotas se palpan en un tiempo desgajado, cuando permiten reconocerlas en su solidez, antes de abrazarse con frenesí al suelo, donde adrede se convertirán en parte de un todo mojado, metáfora viva de la unión infinita de lo diverso.

Las ideas, agolpadas detrás de alguna camiseta olvidada por semanas en la terraza, quieren llegar para presentar un certificado de supremacía, pero es tanta la niebla que cualquier posibilidad de prepotencia intelectual queda opacada por la presencia robusta del misterio blanquecino.

Meditación de la mañana, esta misma, donde el sol espera sin desesperación por la hora en que la nubosidad se despeje, para participar de un banquete de calor esparcido y ser parte de un diálogo con todas las cosas que aceptan su toque caliente y su mirada tierna. 

8.10.13

Llamados


Canto del gallo 


Está cantando desde hace siglos. Y es  hora de escucharlo.








Diego Oscar Ramos
(texto e imagen)


Sí que te entiendo, claro, si cada vez que te miraste en el espejo estaba ahí, haciendo muecas de serio para que te dieras cuenta que el payaso tiene una nariz de plástico, que estaba desde siempre en tu bolsillo.

Por supuesto que sé todo lo que estás sintiendo, mientras la música de las palabras que guardaste en cada herida del tiempo se pasea, como modelo raquítica que deja de comer para moverse con la gracia de un fantasma que se fascina con dejar de estar cada instante un poco más.

Claro que puedo mirarte desde la terraza de las inquietudes metidas en bolsas de arpillera, porque tus historias están en las uniones de cada uno de los hilos que anudan mis pensamientos, a esta hora en que pareciera que nada puede decirse, o que todo está por desarmarse para siempre.

Tal vez sea la hora, para dejar de lado cada centímetro de tela con la que te estuviste cubriendo hasta ahora los kilómetros de ansiedades que imitaste para quedar bien con alguien que no estaba en el momento en que querías ser la carne de la carne, de ese cuerpo de donde saliste.

Quizás las mareas dejen de mover las rocas del fondo de las miserias pasadas de generación en generación, para abrir un canal, calmo, cálido, donde nadan hacia sí mismos los que ya tragaron mucha agua salada por las lágrimas que nunca les pertenecieron, pero adoptaron con incómoda gracia como propias, por creer que así tendrían un amor constante de ese cuerpo que fue origen, pero que debe ser despedida, por suerte de todas las suertes, que son, más bien, naturaleza sana.

Hay, con certeza sonriente, un paraíso donde las cosas no salen todas corriendo para abrazarnos, como caídas de los árboles con frutos irreflexivos, sino que cada célula de placer aparece como respuesta a una actitud cotidiana de querer, de pedir, de escuchar, de realizar, de concretar, de buscar, de saber, de encontrar, de poner calor humano en el juego de las realizaciones intercambiables.

Mejores vuelos se ofrecen, ahora que los pájaros regalan un canto que resuena en las tripas como un mantra vociferante, que se lleva como en un remolino impetuoso, todas las historias de nubes violentas y aquellas canciones de acunar traumas con que dormiste tantas noches de luna lejos.

Mirate ahora, que creciste a saltos de hormiga, caminata de halcón curioso por sabores de la tierra y vuelo agitado de humano que canta con voz de ala rugiente. 

Sentí como las puertas se abrieron para convertirse en ramas verdes de un templo vegetal, que tiene todo lo que necesitás para vivir un orden preciso, antes de la partida al medio de la selva, donde ser quien sos hará que la clorofila sepa de qué conversar cuando te presentes, humilde, para servirle con devoción, desde un cumplimiento feliz de un destino que se construye y se elige. 

Estás vivo. Y todo está por hacerse.



25.8.13

Visiones

Encuentros verdaderos



Hay misterios, hay verdades, hay secretos, hay preguntas, hay silencios, hay respuestas. Y en cada segundo podemos habitar y ser habitados por todo eso, sutil y majestuoso,  que se manifiesta en lo que fuimos, somos y seremos.



Diego Oscar Ramos 
(texto y dibujo)




Es algo que pasa cuando podemos despejar las capas que anteceden el contacto directo. Es más bien el camino entre las ganas de llegar a ese sitio y la sensación de tener las manos sobre la masa, con el amor que requiere cualquier manera de amasado. Y toda forma de encuentro.

Es eso que se abre cuando dos miradas se dejan de pensar, para transparentarse en el tacto de las pupilas, que danzan la memoria del ensanchamiento y la contracción, como vía directa, sin tumbos ni desvíos, hacia el goce de verse de pie. Y firmes ante vientos helados, que empiezan a calentarse sólo por acariciar la entereza de los que saben que quieren, que pueden y que deben estar ahí, afiebrados de movimientos leves, que hipnotizan a las nubes.

Es esto, que toco, que invento, que reconozco, que descubro, que dejo que me toque con piel de crayones derretidos sobre un papel con sabiduría de vacío, lleno de goces ante la materia viva que dibuja palabras y escribe soles desnudos, que navegan trayectorias iguales, cambiantes, eternas.

Es así, en este deambular de silencios míos, de temblores nuestros, de sonidos de todos, como penetro la distancia que se desvanece con mi afecto, para mirarle la cara a la esfinge, con seguridad, pero sin desafíos, porque los dos sabemos, ahora, que la valentía no requiere de pruebas y que todo lo que debía hacerse ya aconteció, en el mareo de siglos que antecedieron a este encuentro sin acertijos.

Es aquí, en el marco de un cuadro que se pinta con los dedos contentos, donde me ilustro con sonidos que excitan y calman, que conocen los ritmos con que la luna acaricia a los hombres que han hablado con el dragón que la habita y saben que santo es aquel que reconoce que hay fuego en su vientre y agua en sus manos.

Es a mí, en la línea que va de los pies a los astros que aman esta caminata sin inicio, a quien hablan las voces de un sueño que está siendo, donde caballos blancos, princesas inquietas, fieras solitarias, lanzas afiladas y verdades sólidas llegan juntos para abrazarme, bien fuerte, y decirme, con mi propia voz, que estamos listos.

  

23.6.13

Rituales nocturnos


Soltar la lengua


Hay momentos donde las preguntas se van a dormir, los padres de la razón se van de vacaciones y las palabras se abrazan, en desmesura cálida.



Diego Oscar Ramos
(texto e imagen)



Es así, lo siento en este momento, ni antes ni después, ni en alguna vez que hay que buscar en la gatera de las sensaciones, donde los maullidos del pensamiento perruno nos dicen que para encontrar algunos recuerdos hay que saber la contraseña, pero en el momento exacto en el cual nos la piden, porque no vale ir a buscarla en el papel donde alguna vez la anotamos para no olvidarla.

Es de noche, o más bien es madrugada, es alguna forma de anotaciones en la pared del temporal, son diseños nocturnos, con paquetes de sal arrojados al viento, como si los matrimonios que se han celebrado siguieran pidiendo elementos blancuzcos sobre las cabezas que ya no están así, como mirando al futuro, donde el arroz pueda confundirse con lo que sala la existencia.

Es silencio de negras, es un pentagrama vacío, en espera de guirnaldas estridentes que lo digan todo de una vez, sin pausas de espera a que el director vuelva a la sala, luego de sus salidas para fumarse la música que aún no trajo, para dejar a todos los instrumentistas con más aire del que sus bolsillos contienen para que su mano pueda entrar, cuando afuera hace frío, y las horas de ensayo terminaron.

Es sabido que nada se sabe, pero también se desconoce todo lo que está del lado absoluto del vacío, con tantos vasos de alcohol derramados en mesas de bares, cuando el mundo se podía desarmar en un soliloquio desesperado, mientras los cometas esperan que la idea precisa alumbre alguna mirada, que se transforme en caricia, para que el planeta salga disparado hacia fuera de la galaxia, en un periplo que tal vez tenga su linda lógica.

Es lluvia en los ojos, es invierno en la avenida, es calor en el grito feliz con que te abrazo esta temporada de vegetales arriba de la cocina, de fieras tranquilas, pastando la calma de un universo que ya no quiere carne animal en las mandíbulas humanas y una soledad de carnívoros vive acercándose al sol, para limpiarse el frío de las comidas últimas que coronaron su lejanía.

Es ahora que entiendo que cada idea se balancea sobre un mapa de raspones, todos juntos, en trayectoria de río caudaloso, rememorando caídas ciclísticas que son saber moverse en el hielo que una vez fue un lago, donde nadaban las monjas nudistas que celebraban su fe, desprovistas de hábitos antiguos.

Es que esta vez nada hay que desmentir a los testigos de los que armaron las valijas porque tenían que irse temprano, para despertar a los pájaros que arman bataholas en los árboles donde los ojos de los que quieren seguir durmiendo lanzan bombas de impaciencia. 

Es como si las palabras me dieran besos en las piernas, para que este minuto, las deje acolchonarse, juntitas, dándose calor, amándose de formas suaves, e invitándome a la fiesta de lo que no importa saber, para mirar al cielo y ofrecerse sin dudas a cuidar de todo, para soltar lo innecesario, antes de que el borde de las cosas se ponga cargoso y nos quiera hacer creer que lo que sentimos tiene nombre y lo que adoramos duerme abajo de la cama.


Es porque sí, nos fuimos a pasear, dejamos que la inconsciencia baile con las tías macanudas, para que lo justo sea necesario y la soledad una fruta abrillantada en el pan dulce que las deja mudas, al salirse del molde, para bailar en los salones navideños, en libertad de rito hecho cuando tiene que hacerse, sin almanaques ni rutinas que nieguen la magia, que te toca la punta de los dedos, para que te acuestes con ella. Y la multipliques. 


22.6.13

A tiempo



Está siendo


Un sueño nos despierta con dos o tres palabras que se repiten. Y una imagen que hace nacer un cardumen de sensaciones flotantes.



Diego Oscar Ramos
(texto e imagen)


Un día será el día, en que todas las piedras que los niños arrojen al agua den más de un salto antes de hundirse, los ojos sorprendidos del baile pedruno sonreirán con entusiasmo y las manos que los acaricien les darán confianza eterna.

Un día será el día, en que cada hora apenas sea una hora, sin relojes observados con apuro que hagan que cada segundo sea una necesidad de pasar, de seguir pasando, de que por favor pase, para que un minuto en la vida de cualquiera sea una gracia y nunca más un padecimiento.

Un día será el día en que los hermanos estarán hermanados, los padres apadrerados y los abuelos abuelados, todos seguros de sentirse queridos desde el primer rayo del sol hasta que la luna se meta en los sueños, besando de blanco las mejillas adormecidas, ahora tibias.

Un día será el día, en que los pájaros harán nido en cada rama que los elija para ser parte de lo que vivan, cada tarde de sol sobre los árboles y toda mañana de lluvia sobre las hojas que se mueven, siempre, pero mucho menos cuando tienen que proteger a las criaturas que pronto volarán para ser cielo.

Un día será el día en que las lombrices irán, una a una, haciendo túneles por el asfalto de las ciudades, dibujando adoquines en cada calle, ofreciendo aire a los pies que caminan esos veranos que incendian los andares.

Un día será el día en que todas las palabras serán parto feliz, tranquilo, placentero, de conversaciones frescas, alimenticias, sabrosas, que llegarán al paladar como frutas maduras, en su punto justo, jugosas, apetitosas, bellas.

Un día será el día, en que ya no se hablará nunca más del futuro, de pasos que están adelante o conquistas que insuman mucho pensamiento y todos nos vestiremos de nubes, sin rayos, que navegan por fin la tierra, sutiles, resplandecientes, tranquilizadoras. Y eternamente presentes.  


9.6.13

Sensaciones

Calma de truenos



Investigaciones nocturnas, entre los pliegues de las certezas y las rendijas de lo que se manifiesta.






Diego Oscar Ramos
(texto e imagen)


Hay una sensación de distancia al leerte, con el brazo de las pausas bien erguido, sobre el hombro del compañero de juegos que está adelante, al frente de lo que ya fuiste, de lo que serás cuando dejes de lado los tiempos helados y los ríos de lava sobre la piel.

Hay una sensación de salud, de copa en alto sobre lo que está enfriando las fiestas, para calentar los alientos y desnudar de arañas todos los cuadernos íntimos que me regalaste para repartir entre las noches de tormenta, que serían verde sobre amarillo, naranja sobre violeta, paciencia sobre perdón, encierro sobre tibieza.

Hay una sensación de árbol creciendo en el fondo del mar, entre las ventanas oxidadas y la caja fuerte de un barco que decidió anclarse en lugares donde el sol estuviese lejos y las arenas eternas cerca, para sentir que los peces pueden ser habitantes y los olvidos un secreto necesario para el alma que todo lo recuerda.

Hay una sensación de destreza animal, de instinto racional haciendo un nido sobre las casas que sembraron pasto en las azoteas donde la ternura se extiende con deseo y las aguas pasan sin prisa, para jugar al crecimiento de todo lo que se adueña de aquello que quedó suelto, deshecho, anudado.

Hay una sensación de goteo sudoroso, de máquina de vapor, de rieles firmes sobre estepas para aventureros, de marcha certera entre mundos que se desmoronan y grietas que dejan pasar la luz fosforescente de cientos de dibujos de niños hipnotizados por el presente.

Hay una sensación a madrugada con pan recién horneado, a ronroneo de gata en celo, a humedad de belleza palpable, a encuentro cercano con la mirada que nunca se escapa del fuego.

Hay una sensación de ahora, de perros mojados secándose en el pasto, de plaza nocturna con manos de paraíso, carreras de bicicletas sin frenos y una calma de truenos, despertando esta lluvia que me habla, para decirte todo esto, que ya dejó de ser neblina, de una buena vez.

5.9.10

Certezas y misterios

Salir a la superficie

Desperezarse, percibir el suelo y dar el salto justo. 



Diego Oscar Ramos



    Siempre hay un lugar, un rincón donde los labios se abren, dejan que el aire guardado salga, para desempañar todas las ventanas cerradas. A veces es la música, es una melodía que entra por las plantas de los pies, para que la sangre empiece a circular con libertad y las sonrisas se muevan de su sitio quieto, para bailar sobre los techos.

    Cuando aparecen las melodías salvadoras, cuando las busco y cuando las encuentro, me trepo a la antena más alta de mis memorias nuevas y lanzo una nota que despierta pájaros desbandados. Espero unos pocos segundos, mientras el sol pinta toques suaves en los párpados cerrados, para que la aparición sea gozosa y nacida de certezas y misterios. Entonces, cuando abro los ojos, los veo pasar por encima de mis deseos, me dejo habitar por su velocidad y su calma, saludo su voluntad de reunión y bajo contento, sabiendo que habrá sabiduría en su búsqueda de comunidad y alegría en su individualidad agradecida de contraste.

   Ahora que estoy a la altura donde el horizonte muestra dónde van los sueños lúcidos, palpo todo lo que siento que define los movimientos que hice desde la primera vez que pude pararme, silencio reclamos de sitios no andados y me desperezo, con ganas. Expulso entonces todo el tóxico que a veces guardamos creyendo que lo sano es aburrido y camino sin pensar, atraído por perfumes que nacen del otro lado del mar, donde el sol se acuesta a dormir, cuando las aves aceptaron el don del vuelo grupal. 

    Siempre hay un lugar, una hora, un movimiento, lleno de una música que nos hace nuevos, que nos desatornilla desde adentro, confundiendo nuestras confusiones y dándonos una gracia andante, que crece y nos manifiesta como somos, antes de cualquier pacto con lo no se mueve, para convertirnos por fin en espejos fieles del ser que ya no pide permisos. Y no quiere mostrarse nada a sí mismo, apenas se come su cascarón, agradece el alimento provisto, percibe su fuerza y sale a la luz, para siempre.






17.2.10

Encuentros y despedidas

Soltar amarras

Reencontrarnos con quienes somos. 










Diego Oscar Ramos - Dedicado a Rolando Toro Araneda.


Sentir que somos, que estamos, que nacimos muchas veces de nuevo, cuando pudimos vernos en la mirada emocionada de otros, en su plenitud de estar mirándonos con los ojos brillosos. 

Sentir que sentimos, que somos, ahora, que crecimos con cada momento en que soltamos amarras, para jugar como niños, con toda la armonía y la alegría que da saberse sonreír, en este mismo instante de la escritura, que deja de preguntarse por lo que puedan decir los que miran desde afuera y desde adentro del texto, porque lo más placentero es percibirse con el vientre, con las vísceras, con la potencia en vibración máxima de todo el cuerpo siendo uno, en un abrazo, en una danza de conexión real, contenta, inocente, seductora, amorosa, afectiva, integradora, con nosotros mismos siendo lo que somos, lo que está impreso en nuestra realidad, esa verdad que trasciende todas las razones por las que hayamos disuelto muchas veces nuestro pacto germinal con nuestro ser verdadero.

Sentir que hay seres eternos, que nos han ayudado con su haberse dejado ser, con su haber soltado amarras a tiempo, para crearse únicos, ellos mismos, los que vinieron al mundo para hacer algo que tenían que hacer, que no dudaron en concretar, que se entregaron a la misión de lo que los llamó con urgencia cariñosa para que su huella fuese un espejo sutil y fulgurante de lo que ellos mismos lograron sentir de lo que eran, de cómo eran y cómo habían podido reencontrarse con su fuente de verdad absoluta porque lo quisieron profundamente.

Sentir como máximo deseo, en este instante, de querer a un nivel infinito la integración con la alegría de desear, con el éxtasis de ser el sentimiento con las compuertas abiertas, como quien sale corriendo al encuentro de la gloria máxima de estar siendo, de estar compartiendo el encontrarse con cuerpos abiertos de mirada transparente, sentida, verdadera, amorosa.

Sentir que queremos despedir con el corazón abierto a todos los humanos más humanos que hemos conocido, que nos han regalado su estar enteros y su firmeza en este universo de goces y respuestas, de sabores y presencias, de multitudes y encuentros. 

Sentir que amamos agradecer a los que se quisieron amar para poder abrirse a lo humano con el alma suave, preparada para recibir el afecto de todos los que comienzan a disfrutar de reconocerse en la mullidez de lo fraterno, lo que le habla directamente a la sensación, presente, poderosa, de estar vivos, ahora.

  

26.3.09

Fotografías y realidades



Ojos de payaso


Una muestra de fotos – como Cuarenta del fotógrafo argentino Diego Sandstede - puede ser un lugar perfecto para percibir las dimensiones múltiples que forman la mismísima realidad.
...
Diego Oscar Ramos

....
Había entrado como impulsado en un trineo a la muestra, podía haber seguido caminado por Corrientes, tomarme rápido el 39 hasta casa, o parar en alguna librería para marearme un rato de libros, pero entré de inmediato al San Martín. Pero, ¿qué era?, cine no tenía ganas de ver, ni tampoco teatro. Si ya había salido indemne de todas las invitaciones a meterme en alguna función de improvisación. Por ahí no era el llamado, digo ahora que desenredo el ovillo. Entonces, el cuerpo andaba con ganas de andar, de extenderse en una línea movediza. Pero ahí había algo, eso seguro. Ya dentro, miré para todos lados, leí unas cuantas informaciones que no entraban a la cabeza y seguí viaje, derechito derechito hacia ese lugar donde el teatro parece ya casi convertirse ya en el Centro Cultural San Martín, el recinto donde siempre es placentero ver fotografías, más aún que en las escaleras del hall central, como si estuviesen en un ámbito mayor de intimidad. Nunca había pensado eso, menos en ese momento, que me metí de lleno en las imágenes que parecían parlantes, para decir miradas, muchos ojos, mucha conexión húmeda entre algo que se desplegaba en sucesión de historias en blanco y negro. Es cierto que otras veces, muchas veces, uno acaba mirando sus propios ojos en el vidrio que protege la fotografía, cuando la mirada se mira a si misma y el espejo abre espacios adentro. Pero esta vez, los ojos acariciaban, murmuraban sentidos, dejaban sentir el antes y el después de la toma fotográfica, como desplegando películas anidadas en gestos cercanos. En esa danza iba cuando una voz de mujer llamaba insistente a un niño que estaba cerca, que quizás veía mis pensamientos, para que viera el circo. Lo llamaba como si el mismísimo circo estuviese ahí presente, como si la invitación pudiera atraer los ojos del chico en esa imagen en especial. Sentí que había ahora otra película y abrí más el ángulo de captación. Cuando llegó hasta su madre, en lugar de meterse en la fotografía, se tiró al piso y empezó a girar, a hacer morisquetas diversas, apasionado en su juego corporal. Ahí la mujer endureció el cuerpo y dijo, con voz de mando: “¿Querés dejar de hacerte el payaso?”. Algo se congeló en ese momento, sentí una grieta entre la representación y lo que llamamos realidad. Seguí mirando las fotos que faltaban, en alguna el mareo de la dimensión nueva me enfrentó en algún destello con mis propios ojos, mirándome desde la cara de un chico. Sin pensar demasiado, volví a la línea recta, caminé por Corrientes, miré de lejos algunos libros, sentí la mezcla de sahumerios de los kioscos de flores y los vi de nuevo, caminando delante, la madre y el nene. Antes de que la grieta se abriera más y me dejara sin colectivo de vuelta, me agarré de la mano, caminé más rápido y me trepé al 39 cartel rojo, que me estaba esperando, con el payaso y el niño de la foto, sentados en el primer asiento.

30.11.07

Arte y Expresión


 Algo sagrado

Montados en la primera frase de una de las canciones más bellas de George Harrison, estos párrafos cabalgan con placer por sobre temas como el misticismo, la psicodelia, los riesgos de la percepción irónica y hasta la magia temporal que supo unir al músico inglés con uno de los más hermosos goles de la historia de los mundiales.

asas
Diego Oscar Ramos
asas

SOMETHING. Alguna vez escuché a George Harrison diciendo que cuando se había conocido la experiencia de la intensidad religiosa, cuando se tuvo el conocimiento vivencial de lo sagrado del mundo, lo más natural era poder transmitirlo en su propio arte. En realidad lo leí, pero es como si la voz del querible George apareciese bien clara en esas ideas, con la precisión con la que cantó su misticismo color Krishna en "Living in the material world", su segundo disco solista en 1973. “Estoy lleno de agradecimiento a todo el que es feliz o libre para darme esperanza mientras estoy buscando la luz que ha iluminado el mundo”, decía en "The light that had lighted the world", en un tono confesional que comenzaba diciendo que había escuchado que alguna gente lo acusó de haber cambiado, de que ya no era lo que había sido. Y lo cantaba como en respuesta a los reproches de muchos fans o hasta amigos que no veían con placer su virada orientalista extrema, aunque quizás fuesen los mismos que, siendo un beatle, le habían festejado la innovación que había en usar músicas e ideas religiosas hindúes en hitos como "Within you without you" de "Sgt. Pepper". Parecía que este Harrison, el que ya había llevado los nombres de Krishna a los primeros puestos de los rankings pop en el hit "My sweet lord", no entendía a quienes a su alrededor o en los medios le ponían mala cara a sus ganas de cantarle a lo que le había dado uno de sus mayores placeres. Y vayan aquí algunas preguntas sobre nuestra propia cultura: ¿Sería que aún en aquellos años de vientos psicodélicos se veía a los artistas occidentales realmente convertidos a religiones orientales como hoy puede llegar a mirarse a quienes practiquen con ortodoxia cultos como el islámico?, ¿y cuáles límites se estaban tocando en Occidente para que aquel que le cantaba a Dios – con cualquiera de sus nombres – fuese observado con recelo, hasta por quienes podrían haber compartido con él el consumo de LSD para encontrar lo sagrado?


IN. Es probable, poniendo cerca de la luz los aspectos tan calmantes como anestésicos de las prácticas místicas, que los mantras del Movimiento para la conciencia de Krishna hayan calmado en Harrison algunas características conocidas de su personalidad: su melancolía y la propensión a mirar la vida con ironía. Porque hay que recordar que ya desde el inicio de su carrera había acidez, desde temas como "Don´t bother me" del festivo disco "With the Beatles" hasta los picos de angustia psicodélica de "Blue Jay Way" y el humor social áspero de "Piggies", ya a finales de los `60. Y si bien hablamos de la misma persona que cantó "Here comes the sun" y "Something" en una meseta de sentimientos positivos en relación a la vida y las relaciones amorosas, las críticas abundantes en los medios de principios de los setenta a su difusión full time de las temáticas religiosas también pueden estar mostrando algo de los mismos críticos o fans del rock psicodélico que coqueteaba con lo sagrado: el hecho de haber gozado más de las búsquedas no dogmáticas que de sus encuentros de sentido de la vida en una religión organizada. Es muy curioso leer las revistas musicales de la época, cuando destacaban que en los recitales de las giras norteamericanas era el tecladista Billy Preston – el que participó de las sesiones filmadas de "Let it be" para poner en la agónica música beatle toques de musicalidad y un humor que ya ni Ringo tenía – quien daba una vitalidad que el místico Harrison parecía no tener de dónde sacar para que los shows no naufragaran en un clima tan místico como monocorde.

THE. Agreguemos algunas preguntas más panorámicas: ¿Será que el negocio del arte y la misma estructura de los conciertos de rock están aún hoy más basados en aquello que aún se está explorando que en el anuncio feliz de un encuentro? O más aún, ¿será que en realidad la misma aspereza promedio que aún hoy se le pide a una música para que sea rockera tiene más espectacularidad que cualquier acto celebratorio? Y otra más: ¿no será ya evidente que la industria musical puede trabajar más fácilmente con la expresión de la euforia o la depresión que con las muestras de éxtasis o calma? Sigamos entonces: En los `70 de crecimiento sostenido de la intensidad adrenalínica de grupos hard rock como Led Zeppelin, Deep Purple o Black Sabath, de la intrincada sofisticación de los sinfónicos Yes, el primer Génesis o King Crimson, George Harrison dejó de tocar en vivo, se convirtió en un apasionado jardinero en su mansión y sacó discos plagados de baladas bonitas donde cada tanto surgían hits con un optimismo pop bien Mc Cartney. Pero también asistía religiosamente a carreras de Fórmula Uno y financiaba las artes humorísticas del grupo inglés Monty Python, quienes tuvieron su éxito fílmico en los primeros ´80 con "The life of Brian", una sátira de refinada ironía montada en una figura con clarísimos ecos de la vida de Cristo, con quien se había comparado su compañero Lennon en 1966, cuando los fundamentalistas protestantes norteamericanos iniciaron una campaña anti beatle tan sostenida que acabó siendo uno de los motivos de la retirada de los escenarios del mayor grupo pop del mundo. “Puedes decir que soy irónico, pero no soy el único”, podría haberle cantado John.

WAY. En 1986 el bellísimo disco "Cloud Nine" de Harrison trajo a la actualidad de los rankings al hombre que pasaba gran parte de su tiempo en su casona inglesa, mucho más luego de la partida violenta de Lennon, convertido desde entonces por los medios en una casi paródica estampa de santo pacifista. Ya pasados unos años, a mediados de la década, a pesar de las meditaciones, los mantras constantes y la alianza con las musas de la belleza armónica, el viejo George tampoco podía ser congelado en la imagen de gurú de la calma. A decir verdad, siempre compartió con John unas cuantas vivencias internas de insatisfacción que seguramente vendrían de vivencias de su infancia, como le pasa a la mayoría de los hombres. Y también a un futbolista argentino, quien se consagraría ese año como el principal astro pop de esa década, en México, el país donde había nacido Olivia Arias, la segunda esposa de Harrison. Así, el año en que George hacía bailar al mundo con "Got my mind send on you", Diego Armando Maradona lograba, en el partido mundial con Inglaterra, la mística sensación de estar siendo tocado por Dios, a la misma edad en la que las musas le habían regalado al inglés las canciones más inspiradas de "Abbey Road". Y ya que los mencionamos antes, unamos a Harrison, Lennon y Maradona en aspectos contrastantes: los tres pasaron por etapas de autodestrucción y generaron momentos de arte únicos que son legados para la humanidad, los tres han sabido expresar una religiosidad que poco tiene que ver con mostrarse como santos y han tenido críticas por crisis de abstinencia de una prensa que sabe juzgar. Pero no muestra posibilidades de salida de las angustias primordiales que conducen a ciertos abusos con algunas drogas.

SHE. En estos tiempos suele decirse que uno atrae lo que está buscando, aunque sea de forma inconsciente, como un imán con una fuerza poderosa que siempre se las arregla para que la realidad tome la forma que queremos vivir, aunque sea en el fondo más hondo de nuestros interiores. “El espacio es información”, explicitan algunas corrientes del Budismo para darle palabras a algunos fenómenos de la comunicación y ayudarnos quizás a pensar en un Lennon que de algún paradojal y trágico modo llamó a Chapman para darle un final a su vida de búsquedas existenciales más atormentadas que calmas y donde hasta dijo que daría todo por un poco de paz mental en "I´m so tired". George, por su lado, parece no haber logrado nunca disolver esa sensación de voz silenciada detrás de otros que para él podían hacer mejores canciones o decir cosas más verdaderas, ya sea Lennon y Mc Cartney o Krishna. Seguramente haya sido un conflicto personal, un lugar en el que con esa comodidad con el que se pierden muchas oportunidades, se haya quedado tranquilo todo el tiempo que quiso, conformándose con una o dos canciones por cada disco beatle en el tiempo en que duró el grupo. Por algo su contención compositiva estalló, luego de la separación del grupo, en un disco triple que - otro juego de paradojas - resultó la primera gran creación exitosa de un ex fab four, tan jugadísima por su extensión como por decir lo que quería decir, de la forma en que deseaba hacerlo. Y de lo que más parecía querer  hablar en "All things must pass", justamente, era de Krishna, muchas veces, tantas como mantras habría estado cantado en esos tiempos con los discípulos del movimiento, en la mansión inglesa que les donó para crear allí un templo. Allí hoy se siguen transmitiendo enseñanzas hindúes y se difunde el mensaje en muchos libros que tienen un prólogo del beatle religioso. En muchas revistas de la comunidad se cuentan historias que lo muestran adorando cantar por horas los nombres hindúes de Dios, incluso manejando en trance por horas uno de sus veloces autos, cantando el mantra Hare Krishna. Y también, por otro lado, se ha evitado ponerlo como total ejemplo devocional, básicamente porque nunca pudo abandonar hábitos destructivos como el tabaco, una de las fuentes de su gravísima enfermedad de garganta, donde estalló el cáncer final, justamente en el centro mismo de la expresión.

MOVES.
Cada vez parece estar más claro para la ciencia que las enfermedades tienen un inicio fundamental en el nivel emocional. Y ese lugar frustrante en el que por tanto tiempo se lo ha colocado a George en relación a sus históricos compañeros musicales lo acompañó hasta el final. Ahí su misma garganta y luego su cerebro dijeron basta, entristeciendo a muchas personas del mundo. Paul quedó entonces sin palabras, totalmente atónito cuando lo enfocaron las cámaras de televisión para pedirle un testimonio al llegar a su hogar. Y en ese silencio debe de haber estado ese lugar donde el respeto construye momentos de verdad que no pueden generar grandes titulares en los diarios. Tiempo después, en un concierto homenaje, tocaría con el mágico ukelele que adoraba Harrison esa canción sagrada que no precisa mencionar ningún nombre santo. “Algo en la forma en que se mueve me atrae como ninguna otra amante”, dice George en su mantra y repite Paul en su relectura emocionada. Quizás le cantan ambos a alguna de sus mujeres. O quién sabe, quizás lo dedican con sutileza al movimiento continuo de la propia vida, esa magia presente que todos conocemos al nacer, cuando somos como dioses. Y no necesitamos de las palabras para sentirlo.