sensaciones y pensamientos


Escrituras



28.10.09

Géneros y estilos

Mover la antena

Una imagen televisiva puede alterar las nociones con las que empaquetamos la realidad. Y lo que sentimos sobre la sexualidad.


Diego Oscar Ramos - 2009


    Está en el plano de los sueños. Está en el plano de las imágenes que inquietan por su fuerza de presencia en varias dimensiones. Está en el plano de lo que sorprende por aportar miradas nuevas, por introducir elementos ajenos a lo que la estructura premeditada nos define como pertinente. Vayamos ya a las imágenes. Era un programa de chimentos, cada uno ponga al conductor que más le guste o a quien aguante más tiempo de exposición en pantalla. Dije que era un sueño, puede ser. Ubiquemos la escena en un living de una casa cualquiera, o en el dormitorio de un departamento, o en el patio de una quinta en las afueras de una gran ciudad. Quizás de lo mismo. Quizás no. Sea cual sea el ámbito al que llegan las imágenes televisivas, decíamos que estamos contemplando un programa donde la vida privada de famosos es discutida, analizada, muchas veces juzgada y puesta en escena, teatralísimamente, a través de persecuciones luego de los estrenos de sus espectáculos, para ver si están acompañados de sus parejas conocidas o si están variando el menú erótico de sus vidas. Se muestran fotos de cenas en la oscuridad o se montan historias sobre sus correrías amorosas para generar interés en los que están del otro lado de las pantallas, como dijimos, en departamentos, casas quintas, chacras o vaya Dios a saber qué tipo de lugar físico donde acontece esa relación de contemplar un panel televisivo con un conductor, cacareando informaciones variadas sobre cómo viven otras personas, una estructura no muy diferente, ciertamente, a la de cualquier película de cine, hasta las más refinadas muestras del llamado cine arte. Está bien, el panel de comentaristas no está en todas las películas. Como tampoco está en todos los programas de chimentos la escena que se apareció en el sueño real. Hablaban, el conductor, los panelistas, todos juntos, armaban las frases grupalmente, como sobrinos del Pato Donald, cuando dijeron que tenían pruebas de una relación hasta ese momento oculta, entre unos actores de una obra de teatro de revistas. Vamos al tape por favor. Grandes anuncios, expectativas acordes. Ahí vamos. Señoras y señores, lo que se ve en la pantalla, allí en los livings, los patios y los dormitorios, es un órgano sexual masculino haciendo su entrada triunfal en un órgano sexual femenino. Aplausos del público. O será que primero vino el silencio, la sorpresa, la pavura, no de ver la filmación de un acto sexual en un plano digno de documental sobre la vida animal, sino por su capacidad de fisura de un género. Cara de duda del público, ¿a qué será que se refieren ahora con todo esto cuando lo que vimos fue una penetración, con todas sus letras o más bien con todas sus concreciones en primer plano? 


     Expliquemos entonces, queridos espectadores de la tarde farandulera. Lo que era inquietante en el sueño televisivo era que un plano que podría ser un fragmento más en cualquier película pornográfica estaba siendo parte de un programa donde las pruebas de una relación suelen mostrarse más habitualmente a través de una agarrada de manos, de algún beso o apenas con la foto de algún almuerzo en un restaurant escondido. Esta vez, gritemos de novedad, la prueba de que se había empezado a dar una nueva relación entre dos personas reconocidas por el público, era el más claro y evidente acto sexual, sólo que sin la estética de las películas eróticas o ni siquiera del porno soft también posible de ser esparcido por canales de aire en horarios de madrugada. Aquí, en pleno espacio del género chimento de la tarde, hacían su aparición estelar los órganos sexuales humanos en diálogo indudable, haciendo honor a la naturaleza y creando un momento nuevo, al menos televisivamente hablando. Eso sí, lo podía estar viviendo como novedad el espectador, porque los conductores no pusieron cara de que estuviesen transgrediendo códigos, ni siquiera algo vinculado al horario de protección al menor. Todo estaba siendo natural, como después de todo lo es la sexualidad, más allá de que, si seguimos los parámetros de los géneros y estilos, sepamos que el sexo pude resumirse en las películas románticas a leños encendidos, una sábanas que cubran los cuerpos, o en el más suelto de los casos, exhibir los senos de la mujer, quizás su vello púbico si son muy osados y dar a entender la penetración a través de los movimientos usuales del acto sexual promedio. Por la regla básica, es imposible que se vea ni un poco del pene y tampoco la vagina, ellos son los amigos vedados en esta fiesta de los cuerpos. 


     Bien, los escucho, claro, hablemos entonces de la pornografía, ahí vemos todo, podemos tener la exhibición absoluta y en planos creativos de todo lo que acontece entre dos órganos sexuales que conversan más tiempo que los panelistas, además de todas las posibles variantes de contacto sexualizado, como haciéndole culto tecnológico a lo que en los tiempos del Kamasutra apenas se podían ver a través de dibujos. Los panelistas ahora lanzan sus preguntas, ya que nos metimos con su programa y los soñamos con esta audacia genérica, ahora quieren saber, todos, preguntan hablando como los sobrinos de Donald, si la naturaleza ha hecho su aparición real en las mencionadas películas pornográficas. Ahí ponemos cara de especialistas, de tener la posta, de buscar brevemente en el disco rígido de las respuestas autorizadas, académicas, nos rascamos la barbilla, si tuviésemos anteojos sería aún más respetable, y mandamos la respuesta. Ahí va señoras y señores: No. Huy, como, queremos una explicación, ¿no era que ahí sí pasaba todo lo que las películas románticas resumían como leños crepitando y sábanas que ocultan más que lo que muestran? Puede ser, esto llevaría muchos tomos de explicación, podríamos armar otro tipo de panel y hacer que cada profesional de áreas diversas de la ciencia expongan de forma extensiva sus razones ya probadas, que no por nada esos libros están en las bibliotecas del saber. Digamos apenas que la naturaleza está en cada acto humano o animal, pero toda pornografía disecciona tanto la sexualidad que genera un ciclo de tiempos de charla genital muchas veces alejado de los promedios reales y además borra todo el contacto previo afectivo que hace que nazca ese diálogo. Por eso la alegría de poder ver sexualidad en otro lado, por eso en los patios, los livings y los dormitorios, luego de la perplejidad, después de que algunos todavía sin cable se subieron al techo para ver si era una interferencia lo que estaba pasando en el programa de chimentos, vino un tiempo de silencio, antes de una sonrisa inesperada y sin preguntas que empezaba a dibujarse en los televidentes. No era excitación sexual de reflejo pavloviano, era la felicidad de estar viviendo un génesis de integraciones, un comienzo de liberar los alambres pelados con que las experiencias totales de la vida se separan para acabar, sin placer alguno, diseccionando el contacto que tenemos entre nosotros y con las cosas. Pero, exclama ahora otro panelista, ¿será que ahora nacerán mezclas insospechadas entre acontecimientos y lugares donde acostumbrábamos a realizarlos?, ¿será que comeremos en el baño y dormiremos en los balcones? El público espera impaciente, aunque ya se bajaron del techo, porque la sexualidad nunca puede ser interferencia, se escucha ahora de la boca de otro panelista, sorprendido de su rápida respuesta, la que salió con más entusiasmo que premeditación académica. El conductor del programa, que a esta altura parecía poseído por un desconcierto que le daba rasgos más suaves a su cara, habló de amores, de abrazos, de caricias, de sensaciones afectivas con el tacto como fuente de comunicación. Y no quiso hablar más, parecía enamorado de las palabras que habían nacido. El que bajó de mover la antena, sintió ganas de abrazar a la mujer con la que vivía y otro televidente miró con admiración la belleza de una chica que tomaba un té con miel en el mismo bar. Y fue correspondida su mirada. En un dormitorio, dos que hacía mucho no se tomaban de la mano, descubrieron el goce de darse tiempo para recorrer la piel  infinita que cabe en un dedo. Y los que estaban en el patio, bajo un manto luminoso de luciérnagas, no precisaron de leños ardientes, en el calor abrazador del campo de enero, para encontrarse, con afecto y deseo, en la danza del mundo, donde no hay antenas, ni géneros o estilos, que puedan fragmentar lo que la naturaleza regala como sueño de integración. Y caricia del alma.

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