sensaciones y pensamientos


Escrituras



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10.11.10

Percepciones solares

A viva voz


Una sintonía de imágenes nos mira a los ojos. Con armonías atemporales y voces de vuelo.






Diego Oscar Ramos



Pasó hace unos días, lo iba a escribir de inmediato, al tener las manos sobre la computadora, pero alguna obligación, esas ideas que muchas veces creemos más urgentes que darle inmediata voz a nuestras intuiciones ocupó su lugar, se interpuso, la dejé aparecer para cantar con voces menos afinadas que esta, que nace ahora, que viene nuevamente para que cantemos juntos.

En cualquier momento, uno se dice, ya lo hago, ya lo haré, ya será el instante ideal en que se den los alineamientos planetarios como para que lo que tengo que decirle al mundo sea expresado y los ángeles me abracen con alas de entusiasmo. Y entonces se cruza un pájaro con una rama para construir su nido y la mirada se distrae en lo que otro sí está haciendo para proporcionarse bienestar, mientras el impulso de salud se queda silbando bajito, viendo que aún siguen apareciendo distracciones para tomar definitivamente el camino amarillo.

Y entonces vuelvo al ahora, reveo las distracciones y me visto de gala para escribir lo que tengo que decir, festejando los mensajes recibidos también por el ave constructora, arrojo al fuego el látigo del juicio paralizante y me entrego a la sabiduría del tiempo caluroso. Estoy con las manos firmes, con los latidos sintonizando la emisión más halagadora para las almas contentas, que son felices sólo por danzar con nosotros, en este segundo en que armonizo las ideas y las sensaciones.

Fue así, hace unos días, ahora, que caminaba para cumplir con algunos pagos pendientes, movido por la certeza interna de que tenía que hacerlo en ese ya mismo con que salí volando para hacerlo, cuando sentí el llamado de una remera, en una vidriera. La imagen la había visto muchas veces, era la portada de A hard day´s night, de los Beatles, un disco que me hizo muy feliz en la adolescencia, cuando lo escuchaba una y otra vez, por la belleza de sus melodías y sus armonías vocales. Pero la foto era levemente diferente, en lugar de las decenas de pequeñas fotos de la cubierta original, eran sólo cuatro, como si la multiplicidad de ellos mismos que se ve en ese disco se hubiera calmado, integrado, en una porción precisa, de ellos cuatro, recortados los rostros para focalizarse en sus miradas, para entrar en lo que decían a mi ser en formación, o para escuchar mejor lo que hoy tienen para decirme. 

Mientras miraba sus ojos, dejando que el pensamiento me trajera la información de que se trataba de la tapa del disco que salió con la edición de la banda de sonido original de la película, con las orquestaciones de George Martín, la imagen que sobrevoló la escena del hombre en contemplación de una foto estampada en una tela fue la de la cubierta original, como si hubiese voluntad de contrastar impresiones y el adulto quisiese acercarse a su etapa adolescente para practicar un coral de una sola nota, que dijese en alta voz que lo que nos fue regalado como percepción de lo armónico está siempre vivo, sea lo que sea que nos haya pasado en la vida, sea como fuese lo que creímos y creamos de nosotros. 

Cuando tuve conmigo la realidad presente de las alegrías que resonaron entre esa música bella y mi propia alma viajera, conocedora de una belleza que trasciende la historia entera del arte, fue que lo vi, cuando recibí otro llamado que acepté gustoso, llevando los ojos de la vidriera a la remera de un adolescente, andando la historia con sonrisa de guitarra en la espalda y varios amigos musicales a su lado. La imagen estampada en el caminante, era la del disco original de A hard day´s night, aquella que viví a su edad en su versión de cassette, impresa en un espacio tal vez pequeño, pero suficiente para ver esos ojos, que ahora me dicen que levante la vista, que las armonías vocales son el reflejo de algo que está en mis manos, cuando construyen el mundo. Y lo cantan a viva voz, para que los pájaros vuelen, con la paz del nido ya hecho.



23.12.08

Unión sensible


Wave - Caetano Veloso & Roberto Carlos.

El reciente lanzamiento de un disco de Roberto Carlos y Caetano Veloso, como estímulo para escribir sobre uniones de opuestos aperentes, como Paul Mc Cartney o Michael Jackson o la emoción y el pensamiento.

Diego Oscar Ramos

Es imposible ser feliz solito, la frase central de esta canción de Tom Jobim y un clásico del repertorio básico de la bossa nova, traducida al español nos suele dejar con sensaciones bien diferentes. Enfrentados a usos bien distintos del diminutivo en cada lengua, solito no suena igual que sozinho, como tampoco suena igual escucharlo sólo a Roberto Carlos que junto a Caetano Veloso, rezando esa idea de la felicidad unida a vincularse, a salir de los cascarones de lo individual, mucho más que sólo ligado a cuestiones de amores de pareja. Y ya que estamos en estas ondas de pensamientos, sensaciones y sentimientos despertados por la música, qué regalo a los desprejuicios provoca esta parcería entre dos íconos de la música popular brasilera. Ambos con historias llenas de visiones en común y hasta de otras asociaciones anteriores, pero los dos apreciados de maneras totalmente diferentes. Alguna vez escribí que habia que vivir un buen tiempo en Brasil o estar en contacto cercano con su cultura de síntesis y sincretismo para entender mejor por qué no debe haber contradicción en disfrutar de la voz de un artista como Roberto Carlos, mayormente relacionado a la música melódica romántica, como de la de un músico como Caetano Veloso, una especie de esponja que siempre logra que todos sus gustos e intereses se vuelvan apreciados por todos. Y tanto el gran público, ese que gusta desde hace décadas de Roberto sin muchas preguntas, como los sectores más intelectuales, esos que se acercan a algunos fenómenos de la cultura de masas cuando alguno de sus referentes respetables les puso una lupa a valores antes ocultos o difíciles de percibir.



Caetano & Roberto. Entrevista televisiva 2008.

Recuerdo que de chico, entre las cintas que aparecieron en mi vida a los ocho años junto con un grabador, había una que escuchaba generalmente de noche y me llenaba de sentimientos misteriosos en torno al amor, a la vez que totalmente palpables aún sin haber tenido la experiencia de vida para conocerlos corporalmente. Era 20 grandes éxitos en castellano de Roberto Carlos, donde había canciones como Quiero tener un millón de amigos, Las flores del jardín de nuestra casa, La montaña, Jesus Cristo y la popularísima y por qué no la muy bella Detalles. Por suerte, entonces no tenía encima ningún prejuicio cultural, por lo que convivían en mi caja de cassettes las canciones de amor y religiosidad de Roberto Carlos con las más experimentales de un David Bowie en su etapa de discos como Heroes. También con melodías románticas del por entonces famoso músico norteamericano Barry Manilow, junto a unos Bee Gees en su auge disco y a las canciones melódicas pop de Abba. Años después ya pedía a mis padres que me compraran los discos que estaban de moda en momentos en que ya me interesaba socialmente la música, cuando era tema de encuentro con compañeros de escuela o amigos del barrio. Así llegaron variedades de moda como Culture Club, Lionel Ritchie, Breack Machine y pronto Michael Jackson, con un disco como Thriller, que además del pulso funk soul refinado trajo el interés en Paul Mc Cartney, con quien hacía un dúo que repetiría en otros dos temas del long play Pipas de la paz del propio disco de Mc Cartney.



Say say say. Michael Jackson & Paul Mc Cartney.

En esos tres temas compartidos, parcería también curiosa que me trae el recuerdo de mi papá diciendo que si alguien como Mc Cartney hacía música con alguien, seguramente debía de tener valores musicales. Y eso que mi padre es todo menos un adorador de los Beatles. Esa pasión me capturó a mí poco después de estas uniones artísticas. Ya los había escuchado alguna vez en la radio, antes de conocer a Paul, pero tuvo que pasar el huracán danzante de Jackson y el contraste ultra melódico del beatle para que pronto se inaugurase un interés explorador tan intelectual como corporal en toda la obra de los Beatles. Ahí empecé a ahorrar semanalmente, caminando hasta el colegio en lugar de tomar un colectivo, para ir completando con mi propio dinero la colección. Entonces ni me acordaba de Roberto Carlos y muchos preadolescentes que habíamos bailado con Billie Jean hasta borramos la cinta de Thriller para grabar músicas de la radio que nos gustaran más o que hasta no nos dieran verguenza, como llegó a pasarle a quien osaba admitir que le seguía gustando escuchar a Michael Jackson. Ni que decir de Roberto Carlos, que tenía el mote de grasa, como sigue pasando de alguna manera con la mayoría de cantantes etiquetados como melódicos. El tiempo pasó, crecieron en mí las búsquedas de música pop universal, apareció la curiosidad por sinfonías, jazz o música contemporánea. Los Beatles estaban siempre presentes, aunque por mucho tiempo era como más intelectual y casi obvio decir que el único que merecía respeto total era el experimentador John en lugar del más melódico Paul, ese que habíamos escuchado disputar graciosamente por un amor de mujer junto a Michael Jackson en The girl is mine


The girl is mine - Mc Cartney & Jackson

Un paso de comedia similar al de Paul y Michael trazan en Tereza da praia, una de las canciones de este disco del 2008 - año del 50 aniversario de la Bossa Nova - Roberto Carlos y Caetano Veloso. Siendo cómplices de una unión sintética que hace danzar juntos al más puro romanticismo delicado con una calidad cuidadísima de arreglos orquestales, valores estético sensoriales que seguramente aprendimos a sentir como algo natural y necesario todos los que nos enamoramos de la música popular brasilera. En mi caso, fueron las grabaciones de Vinicius y Toquinho en La Fusa, el primer vinilo de Joao Gilberto que encontré en una feria del barrio de Chacarita donde años después viviría, el dúo que hizo Gilberto con el guitarrista con Stan Getz y alguna cinta de Antonio Carlos Jobim, el gran compositor brasilero. Fue más tarde que aparecieron Caetano, Marisa Monte, Jorge Benjor y cientos más. Pero el que trajo de nuevo a Roberto Carlos fue Veloso, cuando cantaba Debaixo dos caracoes do seus cabelos, un tema hecho para él por el hombre del millón de amigos, cuando el bahiano estaba exiliado en Londres en los primeros 70. Lo supe después. Todo va apareciéndose y revelándose de a poco en los mapas del arte que vamos construyendo punto a punto, como esos dibujos que completábamos en algunas revistas cuando éramos niños, trazando con lápiz o birome las líneas de unión entre los puntos esparcidos. Así fue que los años devolvieron sentido a lo que no tenía por qué producir verguenza alguna cuando nos gustaba lo que pasaba con algunos fraseos largos de la voz de Roberto Carlos y hasta la gracia melancólica que nos daba desde el inicio del tema la flauta leimotiv de Detalles. Escucharlos juntos a Caetano y a Roberto, enlazando su forma particular de ver la música y el mundo a través de las melodías claves de la historia de la Bossa Nova, llega a producir mucho placer, que es por la música, pero que es mucho más que eso. Es la misma vida, donde como decía bien Jobim, es imposible ser feliz solito. Así, como suena, sin que haya nunca más que tener verguenza por la ternura que pueda haber en algunas palabras y en tantas canciones.

30.11.07

Arte y Expresión


 Algo sagrado

Montados en la primera frase de una de las canciones más bellas de George Harrison, estos párrafos cabalgan con placer por sobre temas como el misticismo, la psicodelia, los riesgos de la percepción irónica y hasta la magia temporal que supo unir al músico inglés con uno de los más hermosos goles de la historia de los mundiales.

asas
Diego Oscar Ramos
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SOMETHING. Alguna vez escuché a George Harrison diciendo que cuando se había conocido la experiencia de la intensidad religiosa, cuando se tuvo el conocimiento vivencial de lo sagrado del mundo, lo más natural era poder transmitirlo en su propio arte. En realidad lo leí, pero es como si la voz del querible George apareciese bien clara en esas ideas, con la precisión con la que cantó su misticismo color Krishna en "Living in the material world", su segundo disco solista en 1973. “Estoy lleno de agradecimiento a todo el que es feliz o libre para darme esperanza mientras estoy buscando la luz que ha iluminado el mundo”, decía en "The light that had lighted the world", en un tono confesional que comenzaba diciendo que había escuchado que alguna gente lo acusó de haber cambiado, de que ya no era lo que había sido. Y lo cantaba como en respuesta a los reproches de muchos fans o hasta amigos que no veían con placer su virada orientalista extrema, aunque quizás fuesen los mismos que, siendo un beatle, le habían festejado la innovación que había en usar músicas e ideas religiosas hindúes en hitos como "Within you without you" de "Sgt. Pepper". Parecía que este Harrison, el que ya había llevado los nombres de Krishna a los primeros puestos de los rankings pop en el hit "My sweet lord", no entendía a quienes a su alrededor o en los medios le ponían mala cara a sus ganas de cantarle a lo que le había dado uno de sus mayores placeres. Y vayan aquí algunas preguntas sobre nuestra propia cultura: ¿Sería que aún en aquellos años de vientos psicodélicos se veía a los artistas occidentales realmente convertidos a religiones orientales como hoy puede llegar a mirarse a quienes practiquen con ortodoxia cultos como el islámico?, ¿y cuáles límites se estaban tocando en Occidente para que aquel que le cantaba a Dios – con cualquiera de sus nombres – fuese observado con recelo, hasta por quienes podrían haber compartido con él el consumo de LSD para encontrar lo sagrado?


IN. Es probable, poniendo cerca de la luz los aspectos tan calmantes como anestésicos de las prácticas místicas, que los mantras del Movimiento para la conciencia de Krishna hayan calmado en Harrison algunas características conocidas de su personalidad: su melancolía y la propensión a mirar la vida con ironía. Porque hay que recordar que ya desde el inicio de su carrera había acidez, desde temas como "Don´t bother me" del festivo disco "With the Beatles" hasta los picos de angustia psicodélica de "Blue Jay Way" y el humor social áspero de "Piggies", ya a finales de los `60. Y si bien hablamos de la misma persona que cantó "Here comes the sun" y "Something" en una meseta de sentimientos positivos en relación a la vida y las relaciones amorosas, las críticas abundantes en los medios de principios de los setenta a su difusión full time de las temáticas religiosas también pueden estar mostrando algo de los mismos críticos o fans del rock psicodélico que coqueteaba con lo sagrado: el hecho de haber gozado más de las búsquedas no dogmáticas que de sus encuentros de sentido de la vida en una religión organizada. Es muy curioso leer las revistas musicales de la época, cuando destacaban que en los recitales de las giras norteamericanas era el tecladista Billy Preston – el que participó de las sesiones filmadas de "Let it be" para poner en la agónica música beatle toques de musicalidad y un humor que ya ni Ringo tenía – quien daba una vitalidad que el místico Harrison parecía no tener de dónde sacar para que los shows no naufragaran en un clima tan místico como monocorde.

THE. Agreguemos algunas preguntas más panorámicas: ¿Será que el negocio del arte y la misma estructura de los conciertos de rock están aún hoy más basados en aquello que aún se está explorando que en el anuncio feliz de un encuentro? O más aún, ¿será que en realidad la misma aspereza promedio que aún hoy se le pide a una música para que sea rockera tiene más espectacularidad que cualquier acto celebratorio? Y otra más: ¿no será ya evidente que la industria musical puede trabajar más fácilmente con la expresión de la euforia o la depresión que con las muestras de éxtasis o calma? Sigamos entonces: En los `70 de crecimiento sostenido de la intensidad adrenalínica de grupos hard rock como Led Zeppelin, Deep Purple o Black Sabath, de la intrincada sofisticación de los sinfónicos Yes, el primer Génesis o King Crimson, George Harrison dejó de tocar en vivo, se convirtió en un apasionado jardinero en su mansión y sacó discos plagados de baladas bonitas donde cada tanto surgían hits con un optimismo pop bien Mc Cartney. Pero también asistía religiosamente a carreras de Fórmula Uno y financiaba las artes humorísticas del grupo inglés Monty Python, quienes tuvieron su éxito fílmico en los primeros ´80 con "The life of Brian", una sátira de refinada ironía montada en una figura con clarísimos ecos de la vida de Cristo, con quien se había comparado su compañero Lennon en 1966, cuando los fundamentalistas protestantes norteamericanos iniciaron una campaña anti beatle tan sostenida que acabó siendo uno de los motivos de la retirada de los escenarios del mayor grupo pop del mundo. “Puedes decir que soy irónico, pero no soy el único”, podría haberle cantado John.

WAY. En 1986 el bellísimo disco "Cloud Nine" de Harrison trajo a la actualidad de los rankings al hombre que pasaba gran parte de su tiempo en su casona inglesa, mucho más luego de la partida violenta de Lennon, convertido desde entonces por los medios en una casi paródica estampa de santo pacifista. Ya pasados unos años, a mediados de la década, a pesar de las meditaciones, los mantras constantes y la alianza con las musas de la belleza armónica, el viejo George tampoco podía ser congelado en la imagen de gurú de la calma. A decir verdad, siempre compartió con John unas cuantas vivencias internas de insatisfacción que seguramente vendrían de vivencias de su infancia, como le pasa a la mayoría de los hombres. Y también a un futbolista argentino, quien se consagraría ese año como el principal astro pop de esa década, en México, el país donde había nacido Olivia Arias, la segunda esposa de Harrison. Así, el año en que George hacía bailar al mundo con "Got my mind send on you", Diego Armando Maradona lograba, en el partido mundial con Inglaterra, la mística sensación de estar siendo tocado por Dios, a la misma edad en la que las musas le habían regalado al inglés las canciones más inspiradas de "Abbey Road". Y ya que los mencionamos antes, unamos a Harrison, Lennon y Maradona en aspectos contrastantes: los tres pasaron por etapas de autodestrucción y generaron momentos de arte únicos que son legados para la humanidad, los tres han sabido expresar una religiosidad que poco tiene que ver con mostrarse como santos y han tenido críticas por crisis de abstinencia de una prensa que sabe juzgar. Pero no muestra posibilidades de salida de las angustias primordiales que conducen a ciertos abusos con algunas drogas.

SHE. En estos tiempos suele decirse que uno atrae lo que está buscando, aunque sea de forma inconsciente, como un imán con una fuerza poderosa que siempre se las arregla para que la realidad tome la forma que queremos vivir, aunque sea en el fondo más hondo de nuestros interiores. “El espacio es información”, explicitan algunas corrientes del Budismo para darle palabras a algunos fenómenos de la comunicación y ayudarnos quizás a pensar en un Lennon que de algún paradojal y trágico modo llamó a Chapman para darle un final a su vida de búsquedas existenciales más atormentadas que calmas y donde hasta dijo que daría todo por un poco de paz mental en "I´m so tired". George, por su lado, parece no haber logrado nunca disolver esa sensación de voz silenciada detrás de otros que para él podían hacer mejores canciones o decir cosas más verdaderas, ya sea Lennon y Mc Cartney o Krishna. Seguramente haya sido un conflicto personal, un lugar en el que con esa comodidad con el que se pierden muchas oportunidades, se haya quedado tranquilo todo el tiempo que quiso, conformándose con una o dos canciones por cada disco beatle en el tiempo en que duró el grupo. Por algo su contención compositiva estalló, luego de la separación del grupo, en un disco triple que - otro juego de paradojas - resultó la primera gran creación exitosa de un ex fab four, tan jugadísima por su extensión como por decir lo que quería decir, de la forma en que deseaba hacerlo. Y de lo que más parecía querer  hablar en "All things must pass", justamente, era de Krishna, muchas veces, tantas como mantras habría estado cantado en esos tiempos con los discípulos del movimiento, en la mansión inglesa que les donó para crear allí un templo. Allí hoy se siguen transmitiendo enseñanzas hindúes y se difunde el mensaje en muchos libros que tienen un prólogo del beatle religioso. En muchas revistas de la comunidad se cuentan historias que lo muestran adorando cantar por horas los nombres hindúes de Dios, incluso manejando en trance por horas uno de sus veloces autos, cantando el mantra Hare Krishna. Y también, por otro lado, se ha evitado ponerlo como total ejemplo devocional, básicamente porque nunca pudo abandonar hábitos destructivos como el tabaco, una de las fuentes de su gravísima enfermedad de garganta, donde estalló el cáncer final, justamente en el centro mismo de la expresión.

MOVES.
Cada vez parece estar más claro para la ciencia que las enfermedades tienen un inicio fundamental en el nivel emocional. Y ese lugar frustrante en el que por tanto tiempo se lo ha colocado a George en relación a sus históricos compañeros musicales lo acompañó hasta el final. Ahí su misma garganta y luego su cerebro dijeron basta, entristeciendo a muchas personas del mundo. Paul quedó entonces sin palabras, totalmente atónito cuando lo enfocaron las cámaras de televisión para pedirle un testimonio al llegar a su hogar. Y en ese silencio debe de haber estado ese lugar donde el respeto construye momentos de verdad que no pueden generar grandes titulares en los diarios. Tiempo después, en un concierto homenaje, tocaría con el mágico ukelele que adoraba Harrison esa canción sagrada que no precisa mencionar ningún nombre santo. “Algo en la forma en que se mueve me atrae como ninguna otra amante”, dice George en su mantra y repite Paul en su relectura emocionada. Quizás le cantan ambos a alguna de sus mujeres. O quién sabe, quizás lo dedican con sutileza al movimiento continuo de la propia vida, esa magia presente que todos conocemos al nacer, cuando somos como dioses. Y no necesitamos de las palabras para sentirlo.

17.10.07

Arte y Unión

Camino amarillo




Palabras directas para transitar con alegría los caminos de la hermandad. Pasando por historias y simbologías que unen a El Mago de Oz, los Beatles y hasta el argentisímo Martín Fierro.
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Diego Oscar Ramos
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Magia. Los hermanos sean unidos, porque esa es la ley primera. Hay algo hondo en la frase más famosa del Martín Fierro, una de esas verdades que el cuerpo percibe cuando tiene los poros destapados para escuchar. Porque ser devorado por los de afuera, sean cuales fuesen los alcances de esta simbología, parece un destino más que complicado cuando hay una decisión posible de tomar para permanecer enteros, sin ser alimento de nadie. Y ese sendero de sonidos felices tiene el color amarillo de la hermandad. Pocas lecturas debe de haber más gozosas que El Mago de Oz, que recuerdo en una edición enorme, de ilustraciones bellísimas y hojas muy gruesas, cuando el mundo podía desaparecer en una inmersión en páginas donde lo más atrayente era la red afectiva que se tejía alrededor de esos personajes que querían que un todopoderoso les indicara salidas a esos vacíos de corazón, valentía, cerebro u hogar. Claro que fue el camino que recorren juntos, ayudándose a mirarse en sus acciones antes que perderse en sus preconceptos, lo que los hace encontrarse y genera uno de los senderos más placenteros para recorrer en la literatura infantil. Porque en medio del misterio de la búsqueda del mago y las tácticas para resguardarse de las brujas, la verdadera magia estaba en esos lazos de hermandad entre el león, el hombre de hojalata, el espantapájaros, la niña y hasta el perro, unidos en una potenciación de fuerzas individuales que también puede percibirse en la historia del viejo Barón de Münchhausen, que hasta rejuvenecía cuando la vida llevaba a su tribu a una gesta donde la valorización colectiva a todos alimentaba y era la principal herramienta.


Arte. En el cantar criollo también se habla de la pena solitaria que se va cantando. Y la metáfora viva de la hermandad tiene cientos de ejemplos en grupos musicales que formaban entes únicos, indisolubles, cuyo brillo mayor estaba en esa energía circulante, expansiva y magnética, que tenía a la música como uno de sus canales de transmisión. Por su exposición global única y las características particulares de sus individualidades, los Beatles son un ejemplo valioso para ver el ascenso y ocaso de una hermandad grupal. El mismo Bob Dylan llegó a sentirse incómodo cuando en la primera vez que los vio juntos, en plena fiebre beatle en Estados Unidos, su capacidad mental se topó con una corriente colectiva donde cada uno potenciaba lo mejor de sí para formar un ente seductor, donde el humor y la sed infantil de sorpresas tenían aún mucho más peso que la acidez irónica. Eran bien hermanos entre ellos, justo cuando la misma experimentación sensorial con drogas como la marihuana fue devorando de a poco una magia leve que ni la más psicodélica de las ocurrencias pudo igualar. Porque puede ser uno de los discos más creativos de la historia del rock, pero al lado de la frescura afectiva que nos hace bailar en A hard day´s night, Sgt. Pepper´s lonely hearts club band es realmente el funeral de una cohesión grupal que necesitaba cada vez de más producción para mantener a flote un barco que se llenaba de agua por los agujeros de sus cerebros nadando en ácido lisérgico. Y sin que se fuera la tristeza. Porque pocas cosas deben de ser más angustiantes que A day in the life, donde John Lennon nos llena de recortes inconexos de pedazos de vidas de otros para llevarnos por sonidos que terminan en la más pura desintegración. La historia del arte suele aún premiar más a la desazón que al sosiego, será por eso que festeja con bronces la estetización del malestar y pone en la sombra al que como Paul Mc Cartney acaba eligiendo celebrar la salida del sol. Pero en algún momento, esos lugares simbólicos fueron complementarios y cuatro personas llamaron la atención del mundo, por el brillo vital de la hermandad.


Vida. Los hermanos a sí mismos sean unidos, porque esa es la ley primera, ya que el juego depresivo, del que se mira en los de afuera, llena el camino de pena y a la angustia nos hermana. El espejo está adentro, el monstruo de afuera tiene servida el banquete por su hermano brutal que habita en nuestros corazones solitarios, del lado de adentro. Habrá que hacer todo lo necesario para sentirse hermanado con uno mismo para que suene con verdad ese brother con que se llaman algunos grupos en lenguaje callejero, para que tenga un sonido armónico ese hermano con que se llaman entre sí los miembros de algunas congregaciones religiosas y para que tenga brillo sagrado esa palabra que aprendimos en la infancia cuando supimos que llegaba otro monarca infantil a la comarca mágica con seres gigantes que nos enseñaban a andar en bicicleta o nos llevaban un tiempo al castillo de la mujer con cabellos blancos que cocinaba sopas únicas en su caldero inalcanzable. Vayan estas palabras como un rezo a nuestra mejor parte, la que celebra el sol, para reaprender a vivir con alegría la hermandad, esa que nace de la sangre y también la que brota de andar abrazados a la magia poderosa de la identidad, en el camino amarillo.


1.10.07

FELICIDAD SONORA

Samba sin tiempo 





El compartir música puede ser una de las experiencias más placenteras de la amistad, sobre todo cuando es parte de procesos de cambio y evolución. Lo que también pasa con algunas canciones y algunos discos, que saben madurar y transformarse, al ritmo de los tiempos.




Diego Oscar Ramos


    
 Este samba que é mixto de maracatú cantan las coristas de Sergio Mendes y siento que Jorge Ben, autor de Mais que nada, debe de estar sonriendo en su morada carioca, escuchando de algún modo sus sonidos que circulan en el mundo, seguramente salidos de un estado de apertura a la música de la calle, la fabela, la playa, la ciudad, la mulata, la loira, el fútbol y la macumba. Con Ben y con Mendes, ambos unificadores de la musicalidad brasilera con el pop anglosajón y la black music norteamericana, siento bien viva la sensación de que el ritmo es una de las maravillas que tenemos como regalo, accesible a cada uno en todo momento. Escucho canciones en la madrugada, la música me da alegría y en los grandes sucesos del grupo Brasil 66 llega el momento en que los arreglos le dan color tropical a la ayuda de amigos a la que le cantaba Ringo abrazado en los melódicos backing vocals de John, Paul y George. Ahora, de madrugada, sus coros amistosos me ofrecen una cita precisa para el estribillo de este texto, que celebra los vínculos con musicalidad que se dan con esos amigos con los que cada encuentro se convierte en una jam session donde es la armonía el pulso de la composición ao vivo. O samba está animado e o que eu quero é sambar cantan otras voces femeninas en relectura hip hop del tema de Ben en Timeless, el disco más reciente de Mendes, hecho de colaboraciones entre artistas de varias generaciones y nacionalidades que refuerza la idea de que la música trasciende geografías, cronologías o fechas de caducidad.Lo mismo pasa, siento con certeza, con las amistades que la vida va uniendo en zapadas atentas a las señales solares del otro, esas que todos tenemos listas para cantar afinados, atentos a la alegría del encuentro, cuando la música fluye.